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“14 de abril. República versus monarquía” (por Milagros Rubio y Joseba Eceolaza)

Las monarquías no son cuentos de hadas, aunque a menudo ocupen las crónicas rosas. Son élites, la mayoría de tradición machista en la sucesión, aristocráticas en las formas y en el fondo por su idiosincrasia. Con eso sería suficiente para optar por una república.

La jefatura del Estado español, que conlleva la de los ejércitos, reúne esas condiciones, y tiene como objeto mantener la unidad del Estado por encima de la voluntad de sus plurales territorios, con el lastre añadido de que la última república española fue abolida en un golpe militar. El actual rey es hijo del emérito, y así puede ser sucesivamente si continúa el régimen monárquico, porque el único mérito a tener en cuenta para optar a la corona es la línea de sucesión. Con estos mimbres, no es de extrañar que una buena parte de la población seamos republicanas y republicanos y lo recordemos especialmente cada 14 de abril.

El ámbito republicano podría, y debería jugar el papel de lugar común de las izquierdas y gentes progresistas. En las fechas que corren, no solo nos jugamos unos buenos resultados electorales para quienes no estamos dispuestas a ceder derechos ni libertades, nos jugamos también la reconstrucción del tejido social dañado por años de recortes y políticas insolidarias, y una mirada más amplia de las preocupaciones políticas, que incluya la imprescindible preocupación por el medio ambiente, la paz, el feminismo, salarios y pensiones dignas, y una buena calidad de los servicios públicos para todas las personas. De ahí que sea fundamental no solo lograr gobernar, sino tratar de avanzar en la hegemonía cultural;de los valores de la izquierda, de la fortaleza de las ideas, de la solvencia del activismo, de la cultura organizativa…

Este nuevo tiempo exige honestidad y sensibilidad social. Por eso, más acorde con la monarquía es una jefa o jefe de Estado elegido o elegida por la gente, pegados a su tiempo, con autoridad reconocida por la ciudadanía, con voluntad de ejercer un papel de mediación y construcción de consensos en interlocución con la sociedad.

Durante años, la monarquía juancarlista resumió en su imagen y actuar lo peor de nuestro sistema político, con prácticas corruptas, chanchullos oscuros y negocios con dictaduras, siendo fiel representante de la élite económica y social. El heredero ha corregido, hasta donde se sabe, la trayectoria más corrupta, pero mantiene las esencias como no puede ser de otra manera desde la lógica monárquica. Además, en un momento político en el que están en cuestión los sistemas de elección de representantes y hay una demanda en favor de realidades organizativas más ricas y plurales, la monarquía aparece como algo estanco, cerrado, poco transparente.

Necesitamos reconocernos en un presente capaz de avanzar, de crear y de innovar, con voluntad de superar las imperfecciones de la democracia existente, de darle sustancia, de asentarla en una cultura más actual y democrática ya arraigada en la población, que rechace con rotundidad la corrupción en la política y se base en una cultura sobre los derechos humanos. Derechos humanos que incluyen, entre otros, la igualdad de oportunidades para mujeres y hombres, el cuidado de nuestro medio ambiente, la paz y el apoyo a quienes huyen de la pobreza y de las guerras, la diversidad cultural o la defensa de las libertades de expresión y de formas de vida forjando un presente que genere ilusión y confianza entre las mayorías sociales.

Para ello la reivindicación republicana tiene herramientas. Liberándonos de la mitología, a sabiendas de sus aciertos y errores, la II República supuso un impulso modernizador encomiable en muchos aspectos. Frente a la idea de la teocracia o la obsesión nacional por el imperio, la república ofrecía el gobierno de la gente. Frente al gobierno de las élites, la república apostó por la alfabetización y la igualdad. En contraposición al pasado que encarnaban la jerarquía eclesiástica de esa época, los caciques y demás autoridades, la república fue futuro adelantándose a cambios sociales en marcha como el sufragio universal;frente al apagón intelectual y artístico que supuso el primer franquismo, la II República fue la de las letras y el arte.

Quienes somos republicanas y republicanos de izquierdas, hemos de esforzarnos por construir un proyecto nuevo y no una república anclada en esquemas pasados, ni una república revanchista, donde no se sacralice el pasado de ningún color pero se restituya la memoria de las y los olvidados. Trabajamos por un republicanismo que fomente valores de solidaridad, tolerancia, justicia, libertad, equidad, sin dogmas ni prejuicios, que promueva una república con amplia participación ciudadana, en la que todas las personas respondan igualmente ante la ley, y los mecanismos de participación y control ciudadanos pongan coto a la corrupción y al abuso del poder. El día después de la constitución de la III República, todas y todos seríamos un poco más iguales y seguiríamos forjando nuestro proyecto. La meta no se antoja tan cercana como quisiéramos. Pero hace mucho que conocemos las palabras del poeta: “caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. De cómo tracemos el camino, resultará el final de su recorrido. El futuro se construye con el presente.

No nos resignamos, no bajamos las manos, no nos rendimos, no asumimos que la monarquía es algo inevitable, por eso en este 14 de abril, con la osadía, la solidaridad, la justicia como banderas, con el recuerdo como legado de aquellas y aquellos que ya soñaron antes que otro mundo es posible, seguiremos diciendo alto y claro que “aquí estuvimos, aquí estamos y aquí estaremos” defendiendo el derecho a la felicidad de todos los seres humanos, englobado en los valores republicanos y en unas relaciones humanas inequívocamente igualitarias, que se atrevan a decir basta al cambio climático, al machismo, a la exclusión, a la insolidaridad.

Los autores son miembros de Batzarre y de Izquierda-Ezkerra

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