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Testimonios de Josefina y de Pilar Lamberto, hijas y hermanas de Vicente y de Maravillas, vecinos de Larraga, asesinados en el 36
Josefina Lamberto y entrevista realizada por Jimeno Jurio a Pilar y publicada por la revista Punto y Hora el 28 de Noviembre de 1978.
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Testimonios de Josefina y de Pilar Lamberto, hijas y hermanas de Vicente y de Maravillas, vecinos de Larraga, asesinados en el 36
Siguiendo con los testimonios aportados a la ponencia sobre la Memoria histórica en el parlamento foral de navarra recogemos hoy, de un lado, el testimonio de Josefina y una entrevista realizada por Jimeno Jurio a Pilar y publicada por la revista Punto y Hora el 28 de Noviembre de 1978; ambas hijas y hermanas de Vicente y de Maravillas. Y también, de otro lado, el testimonio de Roberto Rocafort, hijo de Javier Rocafort Apesteguía, vecino de Sangesa y asesinado el 6 de Abril de 1937.
 

Testimonios de Josefina y de Pilar Lamberto, hijas y hermanas de Vicente y de Maravillas, vecinos de Larraga, asesinados en el 36


Testimonio de Josefina Lamberto

A mis queridos e inolvidables padre y hermana

¿Cuántos años han pasado desde que os llevaron a matar por esos caminos y cunetas que nadie sabe dónde estáis? Sólo ellos, los que os mataron, para así esconder su odio y vergenza, los que se tenían por buenos y fueron los mayores matones.

Cuando os llevaron a los dos la casa tembló de pena. Luego a mi pobre madre la metieron en el calabozo tres días, robándonos todo lo que había en casa y dejándonos en la más absoluta pobreza. No sólo eso; también querían que nos matasen a nosotras, dos pequeñas, para que luego no habláramos cuando fuésemos mayores. Qué pena, dios mío, si es que existe, a unas inocentes nos querían hacer desaparecer!

Nos quedamos solas sin que nadie nos diera un trazo de pan. Qué gente más cruel! Y eso que iban todos los días a misa; ¿qué misa podían oír si el cura estaba entre los mayores matones? No puedo comprender que a nadie se le niegue un trazo de pan; pues a nosotras se nos negó cuando más lo necesitábamos.

Padre, has de saber que mientras tenga un hilo de vida seguiré buscándote. Han pasado 73 años y ellos creían que nos íbamos a olvidar. Y así, calladitos, pasarían con las manos manchadas de sangre, sin que la conciencia les pase factura, pero se equivocaron. Todavía hay hoy un matón del mismo pueblo que, cuando me ve, le remuerden las entrañas por dentro y desvía la vista para no verme. ¿Qué le dirá su conciencia? Y no sólo eso: aún hoy en día sigue difamándome, aunque estoy segura que sus palabras le hacen pupa cada vez que me ve, porque no pensaba encontrarse conmigo. Y claro que sabe bien quién soy yo.

Después de todo lo sufrido en aquellos primeros días y años estuve 46 años sirviendo a las monjas. Ellas tampoco me echaron una mano cuando más lo necesite. Estando con ellas leí en el Diario de Navarra un artículo de Salas Larrazábal en el que decía que mi hermana estaba desaparecida.

Con la oposición de las monjas decidí escribir al Diario contando la verdad sobre mi hermana. A raíz de ello me mandaron a Madrid. Pase después 14 años en Pakistán, los primeros cuatro casi sin poder comunicarme con nadie hasta que aprendí a hacerlo en inglés o en francés y en urdu. De allí vine con las secuelas de las fiebres malarias, que desde entonces me han acompañado.

Estando en Pakistán recibí el telegrama de mi hermana diciendo que mi madre estaba muy mal. Para cuando pude regresar hacía tres días que había fallecido. Siempre tuve obstáculos para relacionarme con mi familia: les molestaba que yo fuera vuestra hija y hermana.

Hoy, después de 73 años, sé que no podré recuperar vuestros restos pero al menos voy a conseguir que reconozcan y registren tu muerte, Maravillas, que ni siquiera eso quisieron hacer contigo. Otra cosa quiero deciros por último: siempre os sentiré aquí dentro, pero además quiero decir en voz alta y con orgullo que deseo que todos sepan que soy tu hija, Vicente, y que soy tu hermana, Maravillas. Gracias.

Entrevista a Pilar Lamberto (1978)

Vicente y Maravillas Lamberto eran mi padre y mi hermana.

Muerta la señora Paulina, nadie mejor que su hija Pilar puede informar sobre la detención del padre. Con ella sostuvimos una larga conversación. Habla serenamente, sin amargura ni revanchismos. Señora de sí misma, comprendió hace tiempo aquellas locuras, perdonó y no niega saludos. Pero no olvida. Es imposible. Su vida quedó estigmatizada por unos sucesos y sus consecuencias. Los recuerdos de un pasado durísimo desgarran su alma y renuevan hoy heridas mal cicatrizadas e incicatrizables. El dolor aflora incontenido en sus ojos.

Le pregunto. El caso de su hermana Maravillas es bastante conocido en el País Vasco, y aún fuera de él, por las circunstancias de haber sido una niña de 14 años, asesinada delante de su padre.

-Sí, perdone que le interrumpa. Me ha pasado muchas veces que, hablando con la gente al decir que yo que era de Larrága, me han comentado el caso. Tenemos amistad con una familia de Ibiricu, los Diez. Por mediación de una monja, me trajeron a una sobrina para que la tuviera en casa mientras estudiaba en Pamplona. Cuando yo les dije que era de Larrága, me dijeron: "pues al lado de Ibiricu mataron a padre e hija de ese pueblo, y a la chica la encontraron desnuda y la tuvieron que quemar, porque estaba totalmente corrompida". Le dije: "pues ese hombre y esa hija eran mi padre y mi hermana". Se quedaron de piedra.
   
Otra vez fue don Casimiro Saralegui. Nosotras estuvimos 13 años trabajando en el Centro Mariano. Don Casimiro había estado en Misiones y trajo unos reportajes. Hablando allí un día, me preguntó de dónde era y se lo dije. "Hombre, de Larrága!  Qué matanza más atroz hicieron en tu pueblo cuando la guerra!, sobre todo una chica de 14 años, que la llevaron con su padre y la mataron después de abusar de ella. Y además, los mismos del pueblo!". Yo le dejé hablar. Cuando terminó, le dije: "esos eran mi padre y mi hermana".
Bueno: perdone ¿qué me iba a preguntar usted?

Detenida y violada.

- Quería decir que sobre la detención de Maravillas se cuentan cosas diferentes, y quisiera saber cuándo y por qué la llevaron. Yo se, porque uno de los participantes lo contó, que el viernes 14 de Agosto tuvieron en Larrága una merienda varios del pueblo y, para festejar un triunfo de Franco, decidieron fusilar al señor Vicente. Pero, ¿por qué se llevaron a Maravillas?

-Yo solo le puedo dar razón de lo que vi. El día 15 de Agosto, a eso de las dos de la mañana, subieron a mi casa dos del pueblo y un guardia. Teníamos una habitación con dos alcobas. Mis padres dormían en una y mi hermana Maravillas y yo, en la otra. Subieron, como le digo, Julio Redín Sanz, que después murió en el frente de Fraga, quemado en un accidente de camión que todo el mundo decía que había sido castigo de Dios- y que uno era falange y el otro requeté. Vino también una pareja de la Guardia Civil, del puesto de Artajona; uno de ellos, Arana, subió al cuarto y el otro se quedó en la puerta de casa con los demás que vinieron para llevarse a mi padre. Estos no sé quienes eran, porque no los vi.
   
Cuando le dijeron a mi padre que se levantara, mi hermana, que estaba conmigo en la cama, les preguntó a dónde lo llevaban, "pues le llevamos al Ayuntamiento a hacerle unas preguntas". Y, como mi hermana ya tenía 14 años y un poco más de conocimiento que yo, y sabía que se estaban llevando a los hombres para matarlos, les dijo: "yo quiero saber qué le hacen a mi adre". "Pues, ven si quieres".
   
Maravillas se levantó de la cama, se vistió y se fue con ellos. A mi padre lo encerraron en la cárcel, que está en la planta baja del ayuntamiento, y a ella la subieron arriba. Y allí es donde todos esos la violaron e hicieron con ella todo lo que quisieron.

-¿Seguro?

-Segurísimo, porque ellos mismos lo decían, y todo el mundo lo sabe en el pueblo. Y también se sabe quienes fueron. El primero,  el secretario del ayuntamiento ya difunto. Hecho el salchucho, ya no la podían dejar como estaba, con toda la ropa rota, después de las barbaridades que habían hecho con ella, porque tenían miedo de que pudiera contarlo, Por eso la mataron. Mi tío Mariano debe saber cuándo y dónde los llevaron. Porque a mi hermano Agapito le dijo, a la salida de misa, ese día: "Ya están en la cuesta del moro". Como diciéndole: "ya los han matado".

Hasta la madrugada, mi madre y yo no hicimos más que llorar. A eso de las siete de la mañana, mi madre me dijo: "Anda hija; vete a la cárcel a ver si están padre y Maravillas, y llévales el desayuno". Antes de llegar a la plaza, en la esquina de casa Mono, había unos del pueblo; no recuerdo quiénes eran, porque yo iba de tal forma llorando y con hipo, que no veía ni entendía. Me pararon. "¿A dónde vas?" "A ver a mi padre"". "Mira; vete a casa y dile a tu madre que los han llevado a Pamplona".

Eso era sobre las siete de la mañana. No llegaron a Pamplona. Los mataron en Iruñuela. Yo me iba enterando de algunas cosas por un sitio y otro. Pero no puedo dar razón de cómo fue, porque no lo vi.

Aquí asesinaron a Maravillas.

Todo eso sucedió en la madrugada de la Virgen de Agosto. La camioneta del herrero debió de salir del pueblo hacia las tres y media. En Estella tomaron la carretera que conduce a Echarri-Aranaz por el puerto de Lizarraga. Dejaron atrás Iruñuela. Pararon en el kilómetro doce. Invitaban los auroros a comuniones generales, cantando a la Virgen sin mancha elevada al cielo, en este bosque de Yerri entonaban los cruzados de Larrága otras coplas diferentes. Se adentraron unos trescientos metros por el camino en el encinar. Mataron al padre. Llevaron a la muchacha unos veinticinco metros  más adentro. La desnudaron, repitieron su orgia sexual, la mataron y abandonaron el cadáver junto a un enebro.

El sábado, 21 de Octubre de 1978, marchamos a Ibiricu e Iruñuela. Pilar pudo ver realizado su deseo de peregrinar al lugar del martirio y de escuchar relatos fidedignos de quienes vieron los despojos y los enterraron e incineraron caritativamente. Nos acompañaron don Ángel Sada, coadjutor de Larrága, el párroco de Abarzuza y cinco vecinos de Ibiricu, entre ellos Leandro Irisarri, Pedro López y un hijo de Aurelio Núñez. Faltaba Gabino Pagola, alguacil de entonces y hoy asilado en Peralta, que hubiera podido dar más detalles.

Recorrimos emocionados los parajes, el monte, los barbechos. Hablan los hombres de Ibirucu, dando toda clase de detalles. Escuchamos sus versiones.

Los mataron el día de la Virgen de Agosto, y fueron los mismos de Larraga, porque nos lo han dicho muchas veces cuando venían por leña. Los dejaron allí, sin dar conocimiento al pueblo. A eso no había derecho. Anteriormente habían matado también ahí a otro hombre; no sabemos de dónde sería. El alcalde, Pedro Atondo, tuvo que  marchar a Pamplona a quejarse al obispo de que mataban a la gente y la dejaban a la intemperie, sin avisar. Cuando mataron ahí abajo a diez de Lodosa, que fue después de éstos de Larraga, avisaron a Ibirucu y bajamos de Iruñuela y de aquí a enterrarlos.

Aurelio Núñez estaba de ganadero. Se escapó a la sierra una yegua roja; fue a buscarla con el difunto Arza, de Lezáun, y descubrieron al hombre. Aquí mismo estaba, junto a esa piedra tumbado tripas arriba, con los brazos abiertos en cruz. Bajaron al pueblo y dieron cuenta. "Que hay un hombre muerto!". Los chicos subimos corriendo a verlo y luego nos volvimos. Los hombres lo pusieron en una escalera a modo de parihuela, y lo bajaron a enterrar a la huerta de Juan Bizcar, porque aquí el suelo es de roca y no se puede abrir un agujero. Encima del cadáver pusieron piedras grandes para que los perros u otros animales no escarbaran y lo sacaran; aquella tierra es floja como el azúcar. Por cierto, que a los dos días vinieron a preguntar a un vecino a ver dónde lo habían encontrado. El se vino aquí, se tumbó patas arriba y dijo: "Así mismo estaba". Y aquí lo dejaron al hombre. Y a eso no hay derecho, cojones!".

De donde mataron al señor Vicente hasta el punto donde hallaron el cadáver de Maravillas hay cierta distancia. Lo descubrieron por el olor. Tardaron lo menos una semana. Era verano, tiempo de mucho calor y se descompuso. Además los perros le habían comido los gordos de las piernas. Porque estaba desnuda del todo. Desnuda del todo. Eso ya nos acordamos bien. Hubo que matar los perros por eso. Tratamos de cogerla para llevarla a enterrar a esa huerta nuestra, pero no se podía. Estaba destrozada por los perros y los gusanos. Así que bajaron al pueblo, trajeron de la trilladora de Ibiricu gasolina y la quemaron. Estuvieron el carpintero, Atondo, Aurelio y otros. No quedó nada de ella hasta el pueblo bajaba el olor de la carne quemada.

En el lugar de la inmolación, un pequeño claro del encinar, don Ángel coloca ilusionado y reverente un montón de piedras mientras reza mentalmente y proyecta caridades. Como siempre bravo cura es este vive Dios!

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