ETA como problema
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ETA como problema

 

Las víctimas mortales de ETA son 819 u 834 según unas fuentes u otras, 747 en la democracia. A ello hay que agregar 4.000 heridos y todo el sufrimiento ocasionado por las amenazas, secuestros, extorsiones, gente huida, etcétera, que ha afectado de uno u otro modo a bastantes miles de personas.

Por ello, la primera aseveración necesaria es esta: ETA es un problema mientras exista y persista. Lo es en particular, porque causa daños importantes, irreparables en el caso de la muerte, sin que reporte ningún beneficio emancipatorio. Y lo es también, en general, porque el uso de la violencia es siempre una fuente de problemas graves. Tras el asentamiento de la democracia y el auto-gobierno, ETA se ha convertido en un problema añadido (y ¡vaya problema!) a los conflictos identitarios existentes. Pero esto no quiere decir que sólo y únicamente haya sido un problema. ETA tiene en su haber la lucha contra la dictadura franquista. ETA ha ejercido una influencia correctora sobre otras fuerzas nacionalistas-vascas y sobre las izquierdas para una mejor defensa de la singularidad vasca y de sus derechos políticos y culturales. No se le puede negar su aportación al advenimiento del autogobierno o su contribución al cierre del proyecto nuclear de Lemoiz… Nada de esto se puede borrar de su historia, como tampoco se puede ignorar que incluso lo que hay en su haber es inseparable de un reguero de atentados sangrientos.

ETA causa daño a la parte no-nacionalista-vasca de la Comunidad Foral Navarra y de la Comunidad Autónoma Vasca, al resto de la sociedad española y a sus instituciones democráticas. Lo causa mediante la muerte, la amenaza y la extorsión contra determinadas personas de estas franjas sociales y especialmente contra los representantes democráticamente elegidos del PP, PSOE y UPN.

ETA perjudica también a la parte nacionalista-vasca de ambas comunidades al desprestigiar su causa y al convertirse en un tapón que impide abordar sus aspiraciones. Este segundo bloque de damnificados es de otra naturaleza que el anterior, en donde se concentran sus víctimas sobre todo.

En estos momentos y desde hace años, lo central de ETA no es ser síntoma del conflicto inter-identitario o con el Estado; ambos conflictos seguirán con ETA o sin ella. Ni es fruto inevitable de la maldad del Estado: la faceta oscura, autoritaria u opresora de éste también proseguirá al margen de ETA. ETA es un problema muy grave para la sociedad. Que se plasma, aparte del daño directo inflingido a una parte de la misma, en carencias de integración social, en el enfrentamiento o corte inter-identitario, en la extensión de contravalores ligados a la superioridad de la identidad nacionalista-vasca, al anti-pluralismo, a la coacción anti-democrática sobre la otra parte… También es nocivo su intento de tutelar o disciplinar a la propia comunidad nacionalista-vasca desde un supuesto papel auto-otorgado de vanguardia. Así pues, los actos de ETA y los motivos de los mismos contradicen totalmente los valores emancipatorios abanderados por la izquierda. Y esto no lo atenúa el hecho de que, desde el PP o desde determinados medios de comunicación o desde otros centros de poder de un nacionalismo-español con fuerte peso en los aparatos del Estado, surja una reacción anti-ETA nociva en muchos aspectos y marcada por el revanchismo.

Con la tregua se abrió una gran esperanza; como en 1.998. Pero los hechos, revalidados por el atentado de Barajas, la están desmintiendo. Ahora estamos en un período confuso de transición: ETA se encuentra en situación de gran debilidad, sobre todo porque la realidad social empuja a su desaparición definitiva, pero aún tiene fuerza suficiente para continuar si lo desea y el sector que le es más afín, por desgracia, no le presiona en esa dirección.

ETA ha tenido a lo largo de su dilatada historia varias fuentes de apoyo. Uno, el respaldo directo de sus seguidores incondicionales; a los que se suman los diversos círculos de apoyo electoral que varían según la coyuntura. Otro, el apoyo indirecto procedente de tres sectores influyentes: el nacionalismo-vasco moderado, las izquierdas radicales anti-franquistas o una parte de los curas y la base social de la iglesia católica vasca. Hoy los apoyos de estos tres sectores se han quebrado parcialmente, cada cual desde sus diferentes postulados nos hemos preguntado si merecía ETA nuestro apoyo aunque fuera indirecto, hemos cambiado y mantenemos una crítica frontal a ETA. Porque estimamos que la reducción sustancial de apoyos a ETA, sean del tipo que sean, es imprescindible para su desaparición.

El final de ETA es responsabilidad suya fundamentalmente: está en su mano, únicamente, la decisión definitiva de dejarlo. Sin este requisito no hay gobierno (de derechas o de izquierdas) que pueda afrontar bien los diversos problemas del final de ETA. A partir de ahí, con la garantía absoluta de su desaparición definitiva, habrá que adentrarse con tiempo y determinación en una fase posterior y compleja de medidas y de perspectivas hacia el futuro: reconocimiento y reparación para las víctimas de ETA y de la guerra sucia, cerrar bien las heridas sobre la base de la verdad y de las autocríticas de unos y de otros, arreglar el problema de los presos mediante la excarcelación tras la desaparición de ETA, mirar al futuro, pensar en regenerar la sociedad o al menos a una parte de ella, que viene muy tocada por una cultura que enaltece valores muy negativos como la fuerza bruta, el autoritarismo, el exclusivismo identitario, la violencia como medio normal y ventajista para el logro de objetivos políticos...