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La memoria como refugio
01-08-2012      |      Opinión
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La memoria como refugio
Quien apuesta por la memoria en realidad apuesta también por la vida, quien apuesta por el recuerdo construye una mirada digna también sobre el pasado, y si encima se hace con la audacia de los familiares de los asesinados en aquel 36, además es reparador. Y es cuando las fotos sepia se convierten en un puente inevitable entre el pasado y el futuro que queremos construir. Por eso, en estos familiares la forma ha sido el fondo.

Las pequeñas historias que construyeron el puzzle del parque de la Memoria resultan conmovedoras, entre otras cosas porque el ambiente de la Pamplona del 18 de julio del 36 no sería muy diferente a la Nuremberg nazi. Por eso, el interés del relato reside precisamente tanto en las reacciones y la incomprensión de su entorno, como en la suma de sus propias sensaciones de dolor, de sus experiencias ante un hecho traumático tan extremo como el asesinato de un familiar por sus ideas, por eso la sensación de aislamiento en la Pamplona de la posguerra resulta aterrador.

La impotencia durante esos años fue humillante, por eso la lucha ha sido tan digna, porque nos ha recordado día a día el coraje de unas personas humilladas y vilipendiadas de forma continuada en el tiempo; primero por 40 años de dictadura, y luego por una democracia poco generosa y olvidadiza.

La Asociación de Familiares de Fusilados nació justo hace diez años para defender sus intereses, y con la vocación de ser un instrumento que permaneciera en el tiempo, por la validez de sus reflexiones sobre las víctimas, por su experiencia, pero sobre todo por la calidad humana de los componentes más mayores, que esos sí, solo ellos han sido los imprescindibles en esta historia, en este refugio de la memoria, en este momento en el que estamos recogiendo la cosecha de tanta resistencia, tanta osadía y tanto buen hacer.

Porque miren, los familiares durante cuarenta años han tenido que desplazarse y viajar por su memoria en silencio, de ahí que le hayamos dado tanta importancia a las comidas en Txinparta, a las excursiones a Sartaguda, Laguardia o Murchante, o de ahí también que no nos haya importado convocar largas asambleas donde más que tratar puntos concretos nos veíamos, nos desahogábamos y escuchábamos.

La memoria, está claro, apunta al mañana, y esa paradoja es la que permite que en ese mañana no se repitan las pesadillas y que las alegrías, que también las hay en el inventario de la memoria colectiva, sean nuevas. Por eso, quien nos pide que olvidemos, nos pide que sigamos incompletos.

Por eso, la memoria se convirtió desde esa experiencia en un refugio de terapia personal, reivindicación, pedagogía social y construcción moral sobre la violencia y sus víctimas, por eso, desde el principio y mucho, sobraron quienes no tenían muy claro el discurso humano contra las muertes inútiles.

Por eso, también resulta incomprensible el porqué de la posición insultante de Yolanda Barcina. Llevo 10 años preguntándome por qué en aquel pleno del Ayuntamiento de Pamplona de principios de 2003 humilló de forma tan gratuita e innecesaria a los familiares de los asesinados. Innecesaria porque al final, y a pesar de ella, la mayoría de nuestras demandas están cumplidas, y humillante porque después de 70 años de espera, los hijos directos de aquellos asesinados no se merecieron ni un solo minuto en un pleno municipal que duró algo más de cuatro horas. Es el gesto de mayor insensibilidad humana que he visto en toda mi experiencia política, pena que la arrogancia no le permita darse cuenta de su error.

Por eso, quienes no han entendido que la propia asociación, su composición, su tono, su estilo, ha sido una excelente tabla de salvación para muchos familiares, porque allí hablaban, escuchaban y recordaban, por eso quienes desde la derecha o la radicalidad facilona no han sabido interpretar la función sanadora o de terapia colectiva de esta asociación han puesto trabas y palos en las ruedas, sin darse cuenta de que así no es que desprestigiaran la labor de un partido político, de una causa o de una persona en concreto, sino que ponían en riesgo el único instrumento de socialización que muchos familiares tenían.

Y el haber sido tan ciegos ante este trabajo les ha convertido en gente necia que sigue mirando a la puntita del dedo y no a luna: así que al final de esto quienes tejieron la utopía son quienes hablaron de lo concreto (paradoja zapatista donde las haya), a la vez que construían un movimiento social de libro

Entonces la pregunta definitiva y necesaria es: al final quién ha cambiado más, quién acertó en el camino tranquilo, quién entendió que esto era un proceso largo y paciente de discurso humano, sensibilidad, diplomacia, terapia colectiva, o quién desde el principio, con poca visión, se colocó en el maximalismo histriónico y radical de quien chilla mucho y construye poco.

Porque claro, no hay que olvidar que quienes así se colocaron, se posicionaron internamente en contra de la declaración del Parlamento de Navarra del 10 de marzo del 2003, desaparecieron cuando construíamos poco a poco el parque de la Memoria o cuando había que hacer un trabajo no sectario para conseguir todas las placas y menciones logradas en Pamplona. Tejimos una red de relaciones personales entre los familiares, construyendo y poniendo nombre a una gran familia, mientras que otros con esquemas rediseñados han preferido los golpes efectistas de quien chilla demasiado pero escucha poco, porque su odio o su sectarismo hace tiempo les tapó los ojos, les taponó los oídos... pero les agrandó la boca. Y en la memoria, precisamente en la memoria, hay que tener poca boca y mucho oído.

Sabíamos entonces que nombrando y escuchando, llamamos, por eso recordar y atender era y es un acto obligado, cuando se nombra en realidad se llama, se llama al que desapareció, al que se olvidó. A veces, las muertes por eso son vidas. Bien, así que en este camino algunos hemos pensado que, como en la historia de una ausencia física, el camino y el paso es la convicción de un familiar, su razón de ser, su vida. Y así ha sido en todos los gigantes de verdad que no han tenido que agitar más bandera que su constructiva rabia, ni colores, ni estandartes, ni pancartas, ni discursos de manual, ni poses de sofá, solo su constructiva rabia... y su dignidad como único refugio para la memoria.

Y ese ha sido el motor del éxito de este trabajo de la memoria histórica; los familiares, solo ellos, han sido quienes han marcado el camino, han sido el centro, el resto solo íbamos. Disfrutemos ahora de todos los éxitos, de todas las placas y todos los reconocimientos, paseemos a pecho descubierto por nuestro parque, sigamos buscando, pero sobre todo celebremos este proceso en el que hemos conseguido cosas que hace diez años eran impensables.
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