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Menos empleo
27-03-2017      |      
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Menos empleo

MENOS EMPLEO

 

Si en 2007 todos los indicadores de desempleo nos situaban  prácticamente en pleno empleo (siempre queda un porcentaje entre el 4 y 6 por ciento de desempleo friccional, la llamada tasa natural de desempleo) y teníamos un PIB similar al de hoy,  llegamos a la conclusión de que hoy, con un desempleo medio en 2016 del 12 por ciento,  necesitamos menos empleo para producir lo mismo: ha mejorado nuestra productividad por empleado.

 

Como no parece probable que los trabajadores actuales sean notoriamente más fuertes o más ágiles o más inteligentes que hace diez años tenemos que pensar que la productividad se ha mejorado por otros métodos y singularmente por la racionalización del trabajo, la mecanización, automatización e informatización. Esto no es ninguna novedad, viene ocurriendo desde hace siglos y para muestra, un par de ejemplos: no hace tanto que la mitad de la población ocupada se dedicaba a tareas agrícolas y hoy con menos del cinco por ciento de la población activa se producen muchos más alimentos; en los últimos treinta años el PIB de los Estados Unidos ha crecido un 85 por ciento pero emplea dos terceras partes de trabajadores.

 

En Navarra, comparando datos de la EPA del 4º trimestre de 2008 con el 4º de 2016 vemos que el sector de la industria ha perdido 11.400 empleos (a pesar del repunte de 2016) y la construcción, 17.500; por contra, el sector servicios tiene 17.300 empleados más.

 

La racionalización y mecanización del trabajo empezó dejando sin empleo a grandes masas de trabajadores de la tierra que se trasladaron a la naciente industria, que en aquél entonces requería cuantiosa mano de obra concentrada en grandes instalaciones industriales como la fábrica Putilov que tenía 36.000 empleados en su sede de San Petersburgo en 1917 o la planta de Ford en River Rouge que contaba con 85.000 trabajadores en 1945.

 

Cuando los empresarios vieron que producir en países poco desarrollados es mucho más rentable que hacerlo en Europa o USA, simplemente trasladaron sus empresas. Este hecho no significó pérdida de empleo, sino simple traslado: los occidentales nos quedamos sin trabajo y lo ganaron los países en desarrollo, naturalmente con unas condiciones mucho peores en seguridad, salarios y coberturas sociales (por eso era más barato). Una parte de ese empleo perdido en occidente en la industria se ganó en el sector de servicios.

 

Posteriormente la industria ha ido adoptando técnicas de automatización y sustituyendo mano de obra por maquinaria y, en una segunda fase, por robots, provocando enormes excedentes de plantilla que, en aras de la competitividad, había que despedir. Por su parte, en el sector de servicios se impone la informatización y también genera excedentes de plantilla: ¿cuántos empleos se han perdido en los últimos años en el sector financiero? ¿cuántos empleos fijos y con jornada completa han pasado a ser eventuales y a tiempo parcial por medio de subcontratas, el llamado subempleo?

 

Así pues, somos unos genios en competitividad: es una buena noticia. La cuestión es qué hacemos con las decenas de miles de trabajadores que se van quedando sin empleo o subempleados por el camino. A primera vista la solución es fácil: produzcamos más y así ocuparemos a más personas. Lo que pasa es que los empresarios no quieren producir más (sino ganar más) porque saben que si la oferta de su producto crece y la demanda no, caerán los precios y eso no es bueno para el negocio.

 

Es hora de buscar alternativas y de reconocer que el empleo es un bien escaso y cada día lo va a ser más. Por tanto, con el objetivo de generar empleo digno para todo el que lo requiera, hay que trabajar en dos direcciones: repartir el empleo que hay y generar empleo digno donde hay trabajo.

 

Para repartir el empleo existente es necesario combatir el fraude actual cometido por medio de horas extras no justificadas (en muchos casos, tampoco declaradas) o con contratos de cuatro horas por trabajar ocho. Debemos recuperar iniciativas como la renuncia a una parte de la jornada a cambio de una reducción (menor) en el salario sin pérdida de cotización. Tenemos que ir pensando en que retrasar la edad de jubilación perjudica la creación de empleo y que sería bueno no impedir su adelanto y que cuantos más cotizantes haya y mayores sean sus bases de cotización, menos dinero público será necesario para sostener el sistema de pensiones.

En cuanto a la generación de empleo digno donde hay trabajo consiste en la afloración de puestos de trabajo, reconocidos y retribuidos, donde hoy se realizan labores más o menos voluntarias: servicios de proximidad, ONGs, medio ambiente y entorno natural, el llamado “tercer sector” o economía de no mercado. Para dignificar todos estos trabajos la primera medida es el incremento notable del salario mínimo de manera que desaparezca el “trabajador pobre”.

 

La primera objeción es el coste de las medidas. Pues bien, una parte debe entenderse como reducción del gasto en otras medidas sociales (renta de inclusión, desempleo, etc) y otra parte requiere de una reforma fiscal que reequilibre las rentas salariales con las de los excedentes empresariales: hoy hay menos empleo y, sin embargo, la aportación de las rentas salariales a la recaudación fiscal sigue creciendo. Es imprescindible una reforma en la tributación del capital y de las sociedades que recupere su poder recaudatorio favoreciendo la redistribución de las rentas. La ganancia en productividad de las empresas no puede ser patrimonio exclusivo del empresario o de los accionistas, debe ser compartida por la sociedad con más empleo, mejores condiciones laborales o con mayores impuestos.


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