Tejiendo acuerdos hacia un nuevo pacto social entre hombres y mujeres

 

 

Pertenezco a una corriente feminista denominada Otras Voces Feministas pues, lógicamente, en el feminismo también encontramos diferentes concepciones y prácticas, a pesar de que en la opinión pública y, sobre todo, en los medios de comunicación se suele aludir de forma uniformadora: "las feministas opinan" o "las feministas" como si fuésemos una única voz, que a su vez es la voz de las mujeres. Tenemos mucho en común con ese feminismo que se oye más pero también significativas diferencias. Desde nuestro punto de vista algunas de sus principales concepciones resultan excesivamente simplificadoras y problemáticas.

Sin duda, los condicionantes de género son esenciales para comprender las desigualdades y subordinación de las mujeres. Pero la situación tiene que ver también con hábitos heredados o adquiridos, con ideologías conservadoras, con creencias religiosas, con procedencias y costumbres de los países de origen y, desde luego, con los procesos de construcción de subjetividades en los que estamos inmersos cada cual y que explican mejor porqué a pesar de vivir todos y todas en un mismo espacio socio-cultural somos diversos.

Se parte de considerar una identidad femenina (sea innata o construida socialmente) en

a sentido fuerte, es decir, dotada de rasgos definidos y de extensión generalizada en el tiempo y el espacio, aunque no haya nunca acuerdo absoluto a la hora de definir o describir esa identidad. Igualmente, se parte de una concepción unívoca de ser hombre, de una identidad masculina también blindada.

Sin muchos matices, se atribuye un papel de "víctima" a las mujeres y de "culpable" a los hombres, haciéndonos un flaco servicio a ambos pues se contribuye así a reforzar los estereotipos. Se ignora que el maltrato lo ejercen una minoría de hombres (un 10%, aunque a su vez sean muchos, demasiados) mientras que la inmensa mayoría no maltrata; se ignoran también las dependencias afectivas masculinas (cuando se les presenta como poderosos que deciden la vida de las mujeres); se desconsidera la capacidad autónoma de las mujeres para gestionar su vida e incluso se contribuye (con muchas medidas) a reforzar la mirada hacia las mujeres como objetos (de protección, de tutela judicial...) y no como sujetos capaces de empoderarse y decidir su vida, inclusive la tutela judicial que puedan estimar oportuna (por ejemplo, en relación a violencia de género).

Otro rasgo que no compartimos con ese feminismo es su tendencia punitivista, el recurso sistemático a penalizar conductas, a recurrir al incremento de las penas como medida esencial o básica para intervenir en los conflictos interpersonales a pesar de que la experiencia ha demostrado que esa no es la mejor forma (aunque no podamos prescindir de ella) de modificar conductas y poder reparar el daño ocasionado.

En el terreno de la sexualidad no compartimos lo que entendemos que es una mirada puritana. El sexo aparece más bien como peligro para las mujeres, se tiende a considerar denigrante cualquier presentación pública del cuerpo de la mujer o de relaciones heterosexuales explicitas y se condena, sin matices, el ejercicio de la prostitución porque se concibe vejatorio el uso del cuerpo o del sexo con fines comerciales. La relación sexual como cualquier otro ámbito de la relación humana debe basarse en los mismos valores: igualdad, respeto..., v las prácticas se deben orientar con los mismos limites: no hacer daño ni hacérselo a si mismo.

 

TEJIENDO ACUERDOS HACIENDO UN NUEVO PACTO SOCIAL. Tejiendo acuerdos hemos llegado hasta aquí. Los cambios en la manera de concebirnos mujeres y hombres y la relación entre nosotros son profundos. Para quienes como yo iniciamos nuestra experiencia feminista allá por los años 70 defendiendo a una adúltera que las normas condenaban (no había adúlteros aunque si "amancebados"...) resulta casi inconcebible que hayamos podido llegar hasta aquí.

Subrayar esos cambios resulta fundamental:

          En primer lugar, porque hoy la gente joven no tiene conciencia de que son logros sociales, que ha costado conseguirlos. Pero además se pueden perder (como, por ejemplo, se pretende con el aborto).

          En segundo lugar, para poner en valor la acción social que realizamos en la tres últimas décadas, particularmente, el movimiento feminista pero también otros colectivos sociales.

          En tercer lugar, para poder comunicarnos con las nuevas generaciones de jóvenes que no han conocido la realidad de desigualdad y discriminación de la que les hablamos como si fuese presente y poder desvelar hoy las desigualdades concretas que persisten y las relaciones de dominio masculino en concreto, que por supuesto se mantienen en varios ámbitos.

Por tanto, la cuestión es seguir avanzando hacia el fin perseguido que no puede ser otro que la desaparición de los corsés de género y la construcción de unas relaciones de igualdad entre mujeres y hombres y de libertad para poder conformarnos como sujetos sin esos condicionantes sexistas que nos imponen una manera de ser mujeres y hombres.

Los retos futuros siguen siendo muy importantes tanto en el terreno de la igualdad como en el de la libertad, como por ejemplo:

          Corresponsabilidad en las tareas domésticas. Conciliación de la vida personal y laboral.

          Permiso de paternidad v custodia compartida.

          Acabar con la violencia de género e intrafamiliar.

          Eliminar la discriminación laboral.

          Mayor representación de las mujeres en puestos de responsabilidad.

          Los nuevos retos que plantea el fenómeno migratorio.

          Hacer efectivos los derechos sexuales y reproductivos.

La perspectiva de género tiene que seguir siendo una guía esencial para abordar estos retos permitiendo eliminar todas las trabas estructurales, sociales e individuales que impiden la igualdad y el ejercicio de nuestra libertad.

 

¿PACTO INTER-GÉNERO O PACTO DE VALORES QUE TENGA presente la perspectiva de género? Por todo lo dicho, me inclino por lo segundo.

Ya que no se trata de una asimilación a lo masculino (de la categoría social de hombre). Tampoco de un triunfo de lo femenino. Ni de la búsqueda de un punto intermedio entre lo uno y lo otro. Se trata de deconstruir unos y otras los condicionantes de género para poder ir construyendo un modelo de sociedad libre de condicionantes sexistas.

El objetivo es la desaparición de los corsés de género y eso solo es posible hacerlo con la implicación de ambos, de mujeres v hombres.

Es un error asociar el género a mujeres, aunque políticamente a veces resulte rentable. Los condicionantes de género nos perjudican a unos y otras, aunque de diferentes maneras.

Los acuerdos tienen que ser para un pacto de valores no de modelos. Los ejes básicos del pacto son tan importantes como los objetivos. Es una propuesta en positivo. No culpa, sí responsabilidad.

Responsabilidad basada en la capacidad de los individuos, hombres o mujeres, para decidir y responsabilizarse de sus conductas. Capacidad de autotransformación, de autocrítica y de reparación del mal ocasionado a otras personas.

Corresponsabilidad en los cambios sociales necesarios. No corresponsabilidad de grupo (sentirse responsable por ser hombre de las conductas de otros hombres) pero sí corresponsables del modelo de sociedad que queremos construir. En ese sentido debe encaminarse la lucha antisexista.

En este sentido un aspecto particular: la relación con las instituciones debe ser de apoyo crítico.

El objetivo último: más calidad moral, más justicia, seres humanos más autónomos, solidarios y libres. Mejor sociedad y mayor cohesión social.