Falacias navarras

Falacias navarras

 

José Ignacio Lacasta-Zabalza

( 17 - 08 - 2007 )

 

            Una vez desatadas casi todas las pasiones por la entrega a la derecha del poder por parte del Partido Socialista de Navarra, se hace preciso huir de las indignadas emociones –por muy legítimas que sean- y recurrir a la razón para explicarnos lo sucedido y para intentar ponerle remedio en lo venidero.

            Las declaraciones de Carlos Chivite al Diario de Noticias (16.8.07) merecen –por su relevancia- ser estudiadas al detalle. Más allá del estruendo general y del papel, algo así como el de Vellido Dolfos o el Conde de Lerín, que se ha atribuido exageradamente a este político. Chivite asegura –y es para creerle- que no se conoce a Navarra. Añadamos que no solamente en el resto de la sociedad española (salvo en Catalunya, Galiza y, naturalmente, Euskadi), sino dentro del propio PSOE. “Hemos de hacer mucha pedagogía política en el PSOE para explicar qué es Navarra”, afirmaba Chivite. Y, en un momento de la entrevista, sostiene este socialista navarro un matiz que no debe escapar a quienes nos preocupa todo este asunto; pues sobre el encuentro de Puras y él mismo con la dirección de Feraz concluye: “No llegamos a un punto de coincidencia porque nosotros manejamos unas claves de Navarra, que ellos –los dirigentes del PSOE- no conocen”.

             Lógicamente, la dirección del PSN, por vivir donde vive y conocer los votos que posee cada cual, sabe perfectamente que la cultura vasca de Navarra –y su representación política de Na-Bai- no es una anécdota. No es esa especie de niño feo y rural que hay que esconder a las visitas, como ha pretendido la derecha foral y se lo ha creído una buena porción de la sociedad española con su propaganda correspondiente. Por fin se ha descubierto que se trata de una niña –así que el error es mayúsculo- y además, lista y guapa, valga la ironía.

             Parece que un argumento en el seno del PSOE que ha pesado en contra de una coalición con NaBai e IU ha sido –según palabras de Chivite- “la falta de experiencia contrastada respecto a una nueva formación como NaBai”. También habló Puras en su día de “la falta de recorrido” de NaBai. Cosa que hay que puntualizar. Es cierto que hay que mirar hacia el futuro de NaBai y desentrañar cómo va a evolucionar una coalición tan heterogénea. Pero también ha sido muy difundida la labor de Uxúe Barcos en el Parlamento español durante todos estos últimos años. Que ha consistido, dicho sea de paso, en dar su apoyo a casi todos los proyectos de ampliación de los derechos y justicia social del Gobierno de Rodríguez Zapatero y oponerse a los constantes desmanes de la derecha en las Cortes españolas.

             Si se dice que carece de importancia un voto en las Cortes españolas, no lo ve así la mismísima UPN, que quiere un grupo parlamentario propio. Entre otras cosas, y así lo han recogido diversos periódicos de diferente signo, porque están seriamente preocupados los derechistas navarros por la presencia constante de Uxúe Barcos ante los medios de comunicación audiovisual y escrita.

            Así que la de Barcos es una tarea de años, y no de días o semanas, bien comprendida por la dirección del PSOE y con la que el programa de NaBai –y la coalición al alimón con los y las votantes- se identifica al completo. Además, se trata de una acción continuada de izquierda consecuente y así lo percibe también el electorado navarro de todas las tendencias.

            Desde luego hay un cálculo electoral del PSOE: lo que se pierde en Navarra, se gana en otras partes. Ya veremos si eso es así y no deseo en absoluto que gane el PP, pero el PSOE debe mirar también a su izquierda porque lo que ha ocurrido en Navarra tiene que ver más con la oposición entre derecha e izquierda que con ningún otro factor.

            Solamente el mundo de ETA y UPN plantean la cuestión navarra en términos de atroz esencialidad territorial. No lo ha hecho el PSN (que vive su realidad plural), ni IU ni NaBai. Exclusivamente en el ámbito de ETA –y UPN- se creen que habla el territorio y callan las personas. Para los primeros Navarra es vasca de manera petrificada (aunque muchos seres humanos de esa comunidad no se lo crean o no les preocupe) y para los segundos es algo así como una pieza insoslayable de la unidad de España, que excluye y oculta su perfil vasco. Eso, aunque la mayoría del electorado navarro tenga una visión poco o nada esencialista de este asunto y tan plural y respetuosa entre el votante socialista de la Ribera como el de Na Bai de Iruña. Ahí están los programas, la propaganda y los resultados de las urnas para confirmarlo. Que los socialistas de la Ribera de Navarra hayan sido quienes más querían en su partido una alianza con NaBai e IU, ha sido algo que debería dar qué pensar a quienes se empeñan en advertirnos a los navarros de las malas digestiones de unos ácidos jugos identitarios cuyos síntomas –en el seno de la izquierda partidaria del tripartito- nadie ha padecido.

            Por eso choca enormemente el editorial de un periódico madrileño afín al PSOE y su editorial Navarra, sí que sí (El País, 17.8.07). El editorial se dedica a justificar lo que a toda la izquierda navarra le parece injustificable: la entrega a Sanz del Gobierno foral. Dice textualmente ese editorial: “en Navarra la frontera no pasa tanto entre derecha e izquierda como entre defensa de una autonomía diferenciada o integración en Euskadi”. Y los navarros sin enterarnos, dado que lo que conocíamos –incluidos los muy dignos militantes socialistas de la Ribera- era la necesidad de desalojar del poder a una derecha incívica e insultante. Sobre eso giró la campaña electoral de IU, PSN y Na Bai; y sobre un compromiso de izquierda social fructificó el programa del gobierno tripartito. Nadie, absolutamente nadie de esas tres fuerzas, puso sobre el tapete la “integración en Euskadi”.

            Así que tendrán que venir los redactores de El País a explicarnos a los navarros lo que nunca vimos en el proceso electoral ni en sus resultados: “la integración en Euskadi”. O, más bien, y que me perdone la ironía, tendrá que ir Carlos Chivite a Madrid para hacer pedagogía política elemental sobre lo que en realidad piensa y expresa en votos la sociedad navarra.

            Con razón criticaba Aristóteles las falacias en la argumentación: porque presentan como metales preciosos unos auténticos hierros oxidados. Así, El País asevera en sus argucias herrumbrosas de ese citado editorial, con un juego de palabras, que frente a lo que significa en castellano NaBai, Sanz –con el apoyo socialista- puede proponer una consigna que rece: Navarra sí que sí. Aunque la realidad vaya por otro lado diametralmente opuesto. En una comunidad donde lo que se ve con claridad es que NaBai y sus votantes pueden decir tranquilamente Navarra sí en castellano. Que hagan la prueba Miguel Sanz o Yolanda Barcina a decirlo en euskera; aunque tal vez no, porque igual les da un patatús a ellos y a varios de sus seguidores más conspicuos. *catedrático de Filosofía del Derecho.                   -Falacias navarras (y 2)- José Ignacio Lacasta-Zabalza*

            Así que el principal enemigo de un Gobierno tripartito en Navarra que ponga a la derecha en su sitio, es decir en la oposición, parece que ha sido el desconocimiento de la realidad social de esta comunidad y la ignorancia del ideario de NaBai. Falta de información que se da tanto en la sociedad española como dentro del mismo PSOE que, además, ha hecho desde su ejecutiva sus propios cálculos electorales al respecto.

            Por supuesto, el socialismo vasco conoce sobradamente lo que pasa en Navarra (y su partido en Catalunya y Galiza también). Pero hay una mentalidad, muy incrustada en el conjunto de la sociedad española, que ve las otras fuerzas políticas diferentes de los dos partidos principales como una innecesaria complejidad. A ella apelaba Mariano Rajoy con su último proyecto –absurdo y destinado al fracaso- de exigir unos altísimos tantos por ciento de votación en el conjunto del Estado español con el fin de excluir a los partidos políticos minoritarios y a los representantes del nacionalismo periférico.

            Esa mentalidad profesa la siguiente y dogmática religión política: dos partidos diferentes y un solo Rey verdadero que exprese la unidad del Estado; donde lo variado adquiere en este edificio uniforme el carácter de material sobrante. Quienes así piensan coinciden con el añejo modelo local de la Restauración borbónica: liberales y conservadores con la Corona en la cima. Sistema que, por cierto, fue llamado con tino por el republicano Joaquín Costa por su propio nombre: Oligarquía y caciquismo.

            Claro que todo esto choca con la realidad política de la vida cotidiana. Porque el PSOE pacta con el PAR el Gobierno de Aragón, en Galicia con el BNG y en Catalunya potencia el famoso tripartito gubernamental. Y hasta la UPN quiere su propio grupo parlamentario para no aparecer como lo que es (la sombra del PP) y así no se vea tanto en representación de Navarra a la diputada -para la derecha más que incómoda- Uxúe Barcos. Esto se escribe en unos momentos en los que, precisamente, Rodríguez Zapatero recaba los plurales apoyos (sobre todo de ERC e IU) para sacar adelante nada menos que los Presupuestos de todo el Estado.

             Dentro del socialismo actual, José Bono y Rodríguez Ibarra han sido los adalides más conocidos y estridentes de esa postura bipartidista sobre España (más propia de Cánovas del Castillo que de unas ideas modernas). Posición que se hace acompañar por un nacionalismo español excluyente, ya que no admite la compañía democrática de otros nacionalismos y rechaza inclusive la fórmula discutible pero integradora de España como nación de naciones (rechazo así formulado recientemente por Antonio Elorza desde las páginas de El País). Unas ideas respetables, como todas las ideas expuestas por métodos pacíficos, pero directamente contrarias al pluralismo político que es un valor superior del ordenamiento jurídico español, según el primero de los artículos de la Constitución española de 1978.

            Vaya por delante que el nacionalismo español es tan legítimo como el vasco o cualquier otro. Siempre que vaya acompañado por otro adjetivo: democrático. Ya que no hay que confundir el loable pensamiento republicano de Manuel Azaña con el faccioso y totalitario de José Antonio Primo de Rivera, uno y otro nacionalistas españoles de muy diverso signo. Es más, en el panorama político de hoy se echa de menos la defensa de una identidad nacional española que se defina no por la oposición a las fuerzas periféricas que, desde esa atalaya de los dos partidos únicos, son calificadas pesada e invariablemente como secesionistas al estilo de José María Aznar. Un proyecto que no niegue lo diverso, sino que se afirme por su propia y plural idea de España capaz de integrar y hasta convencer a los demás nacionalismos (tal y como era el programa republicano de Pi i Margall o el del ya mencionado Manuel Azaña).

            Andrés de Blas escribió hace poco su artículo La cuestión navarra en el que señalaba donde se ubican los límites para un cambio político en nuestra comunidad, desde una perspectiva oficial que ha venido a coincidir con lo que al final ha sucedido (El País, 18.7.07). Los primeros párrafos son una descripción histórica, bastante lograda por cierto, de lo que ha significado la historia de Navarra para el nacionalismo vasco y para España en el siglo XX. Algo mucho más importante desde luego que la pequeñez de nuestro territorio, exigua población y pocos parlamentarios en las Cortes españolas. Pero, desde una cultura de la izquierda democrática, que entronque debidamente con las tradiciones republicanas, se hace difícil –imposible- admitir que necesariamente hoy día haya que entregarle el poder político a la derecha foral (“en la forma de un gobierno en minoría integrado por el partido más votado”, escribe textualmente De Blas). Fórmula que no respeta ni la propia derecha cuando –como ha sucedido en Canarias- está a la vista la posibilidad de desalojar del poder al PSOE.

            ¿Y qué razones da De Blas para propugnar la misma alternativa que postula UPN/PP para Navarra? Pues varias bastante poco sólidas, por mucho que se revistan de sensato buen tono intelectual. La primera, su visión positiva de la Ley de Amejoramiento (“una inteligente operación política que frustró las pretensiones del nacionalismo vasco” según De Blas). Porque, hay que objetar, resultó ser bastante poco constitucional y escasamente democrática, al seguir una vía no prevista por la Constitución y escamotear un referéndum parejo al que avaló el Estatuto de Gernika y otros estatutos de autonomía. Es decir, que se sustrajo la decisión autonómica al conjunto de la población navarra hasta hoy mismo. Crítica a esta vía del Amejoramiento que ya formularan en su día personajes nada de derechas como Tomás y Valiente, García Pelayo –brillantes presidentes del Tribunal Constitucional- e ilustres juristas como Jesús Leguina. Este último, parece ser el primero que puso reparos a ese peculiar y poco constitucional mecanismo foral, según el estupendo libro último de José Manuel Castells Arteche El hecho diferencial de Vasconia (Donostia, 2007, p. 84).

            La segunda cuestión de fondo es la ignorancia de De Blas sobre lo que es y representa NaBai, a la que identifica sin ningún matiz con el nacionalismo vasco de toda la vida. Con las tesis territoriales de Sabino Arana sobre el programa de zazpiak bat. Con el que, lógicamente y si eso fuera verdad, jamás se podría llegar a ningún acuerdo. Pero una vez más la realidad nos dice otra cosa: que ese predominio del territorio sobre la ciudadanía solamente es defendido hoy en Navarra por ETA y aledaños.

            Para empezar, la presencia de nacionalistas vascos en la coalición de NaBai no impide que en la misma haya fuerzas políticas de izquierda social como Batzarre que no son nacionalistas. Así como muchas personas independientes -y no digamos votantes- que más bien son vasquistas, es decir, que creen positiva e integradora la cultura vasca de Navarra y contemplan con preocupación la conducta agresiva de la derecha contra el euskera o contra todo lo que suene a vasco. Desconocimiento de De Blas sobre la Navarra de hoy que podría solucionarse con la lectura del programa de NaBai o con el estudio atento de las reiteradas declaraciones de Patxi Zabaleta en el diario El País.

            Sencillamente, esa visión irreal, la Navarra irreal de De Blas y muchos otros, se arreglaría con saber lo que opina Uxúe Barcos (Hika 188-189 del 2007) sobre el referéndum para la integración en Euskadi: “Rotundamente no. Nunca lo hemos planteado: ni en nuestro programa ni en las propuestas que hemos hecho al resto de fuerzas de izquierda…hay un tercio de ciudadanos que estarían a favor…pero hay dos tercios de navarros, que estarían en contra. Por tanto, eso no va a suceder”.

             Y es que, cuando no se enjuician programas escritos como el alcanzado por PSN-IU y NaBai para Navarra, hechos políticos sólidos y contrastados, se cae con facilidad en el tópico y en el prejuicio. Habría que rescatar al mejor Unamuno para recordar éticamente que nunca es más menguado un hombre que cuando se pone a juzgar intenciones ajenas

 

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