Repensar la izquierda, sentir el vasquismo
Ioseba Eceolaza
( 30 – 06 – 2006)
Son muchos los cambios que se han producido en la sociedad navarra. Por ejemplo, estamos ante la generación de la secularización que pone en crisis algunos de los paradigmas de las generaciones anteriores. Nafarroa Bai aporta, además, algo de frescura a un panorama electoral enquistado. Por eso es necesario reformular varios de los aspectos que tienen que ver con la izquierda y el vasquismo.
En primer lugar, necesitamos una izquierda que se reconozca en el presente, que deje de mirar con frustración a la sociedad actual, especialmente a la juventud. Desde Batzarre la izquierda que se plantea es parte de esa izquierda comprometida con la libertad en todas sus facetas, comprometida con el valor del pluralismo que reconoce y respeta la diversidad en todos sus aspectos; de ideologías, de religiones, de sentimientos de pertenencia e identidad colectiva. Activa y comprometida con las personas más oprimidas y desfavorecidas de la sociedad.
Apostamos por una izquierda que recoja los elementos más positivos de ésta, en ruptura con los elementos negativos de la izquierda clásica (dogmatismo, tendencia al dramatismo, actitud poco crítica con el pasado, pensamiento binario, etc.) que no ayudan a construir un humanismo crítico, ni una visión real de lo que acontece.
Intentamos trasladar una forma diferente de pensar y reflexionar, una forma diferente de acercarnos a nuestras propias polémicas y limitaciones, sin renunciar a algo indispensable en la formación de los valores de la izquierda, el sentido radical de la crítica y de la autocrítica, alejándonos de lo políticamente correcto. Esta actitud implica desechar la idea de que si así es, será porque así fue; si así fue, será porque así será .
Una izquierda que sea capaz de fijar un código ético de cómo estar en política, que sea autoexigente con los casos de corrupción y sobre todo, que valore la actividad política como una forma de cambiar la sociedad también a largo plazo, siendo conscientes, además, de que deberemos actuar en un camino de ida y vuelta para abrir la política institucional a la sociedad, porque los grandes cambios sociales han sido impulsados primero por la sociedad, y luego ratificados por las instituciones.
Al rechazar lo mesiánico y el hecho trascendental, lo moral adquiere una importancia crucial. Es decir ya la revolución o la lucha nacional no pueden justificar cualquier método. Rechazamos las verdades reveladas.
Nuestra corriente se adscribe al pensamiento crítico y autocrítico. No nos gustan los dogmas, pero tenemos referentes. La seguridad y la certeza intelectual produce inmovilismo, de ahí que tengamos dudas y no queramos adscribirnos a ninguna de las grandes categorías ideológicas, ni en lo relativo a la izquierda, ni en lo nacional. Sentimos el vasquismo y repensamos la izquierda, y en ésas estamos.
Tenemos la conciencia de que lo más importante de la acción transformadora no es el resultado en sí mismo, sino la movilización, el aprendizaje, la combatividad y sobre todo la forja de un cuerpo de ideas donde la moral adquiere una dimensión central. Esto no quiere decir que debamos renunciar a ideales que hoy son minoritarios, o que debamos aceptar de una forma acrítica el statu quo liberal occidental.
Se trata de cambiar los paradigmas antifranquistas que han operado en el análisis y propuestas de las diferentes izquierdas, y en el vasquismo.
En primer lugar, ha existido cierta exageración respecto a los tentáculos del franquismo. Y se ha dado, y se da, la exaltación de valores y visiones duras, que son más estéticas que rigurosas, como si decir que nada ha cambiado fuera más radical que no decirlo.
Es necesario abrir una etapa de inclusión, de convivencia de sentimientos nacionales. Se trata de abrir un periodo de entendimiento entre las diferentes izquierdas, históricamente alejadas. Es necesario crear un contexto común para fomentar un modelo de relación política que rompa la exagerada separación habida en las últimas décadas entre estas izquierdas, que fomente el pacto por la convivencia de identidades.
Las voluntades particulares no siempre conllevan conflicto si existe una voluntad pública y republicana, es decir, si existe el profundo convencimiento de que el arte del consenso y del buen gobierno supone la inclusión y el reconocimiento de esa misma pluralidad, consustancial a toda sociedad y grupo humano. Necesitamos romper las barreras físicas, pero también las mentales.
Se propone el vasquismo a corto plazo, pero el laicismo nacional a largo plazo. En Navarra, necesitamos un reequilibrio a favor de las demandas de los que nos sentimos vasquistas. En el amejoramiento, en la representación de la cultura institucional, en el respeto a la ikurriña, en la política sobre el euskera, normalizar en lo público el hecho vasco. De ahí que sea necesario, por ambas partes, terminar con la aceptación de que nuestra identidad es la de aquí y la otra es la de fuera . Es necesario dejar a un lado los peores mitos de las identidades. Dejar fuera de lugar, asimismo, el caduco antiespañolismo y antivasquismo, no azuzar el enfrentamiento interidentitario. No sólo es necesario ponerse en el lugar del otro sino que hace falta, principalmente, hacerle un lugar al otro.
Debemos dejar de lado las peores costumbres políticas que hemos tenido. Las proclamas retóricas sobre la unidad, la obsesión por las campañas nacionales, la dolorosa desconsideración hacia
Es positivo, también, romper el exacerbado historicismo que impide reconocernos en el presente con realismo y no con frustración. La historia, los muertos, los ríos o los montes no gobiernan, son las personas vivas las que votan. Nadie tiene un derecho añadido porque en el territorio donde habita en la actualidad otras sociedades tuvieran otras instituciones.
Porque tenemos que airear las instituciones, otro aire es posible.
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