Sindicato y jóvenes
José Luis García
Del sindicato ESK-Nafarroa
( 30 – 08 – 2007 )
Si nos fijamos solo en la retórica habitual del sindicalismo nos puede parecer un mundo con una fuerza apabullante, si lo comparamos con la práctica y las dificultades diarias para mejorar la situación de las personas en peores condiciones laborales y sociales podemos observar menos fortalezas.
Existen dificultades de conexión entre las y los jóvenes trabajadores con los sindicatos. Ello es reflejo, por una parte, de los cambios de las condiciones de empleo –dominadas por la precariedad laboral- y los cambios en las identidades laborales y las mentalidades de la gente joven. Y, por otra parte, de las dificultades de la acción sindical, de su limitada influencia y de su insuficiente capacidad para generar nuevos procesos de identificación de nuevos sectores. Todo ello en el contexto de importantes cambios sociales, cambios productivos y del aumento del poder empresarial en las relaciones laborales, donde la parte más frágil y débil (cada vez más) es la gente trabajadora.
La relación de las y los jóvenes trabajadores con los sindicatos es ambivalente, se puede valorar en de forma diferente. El dato más positivo es la significativa participación juvenil, sobre todo masculina, en la representación sindical: 43.000 delegados y delegadas jóvenes, el 15% del total de 285.000 representantes elegidos en España; aunque con una moderada disminución en los últimos doce años de su porcentaje respecto del total de representantes sindicales. Además, existe una importante afiliación de jóvenes a los sindicatos: 268.000, el 11% del total de cerca de los 2,5 millones de afiliados/as a nivel estatal; corresponde al 6,5% del total de jóvenes asalariados (con una relación de uno a tres respecto de la población asalariada adulta).
Ante esta situación lo más problemático es, por un lado, la separación juvenil de los núcleos sindicalizados adultos y estables –dado que la mayor ocupación juvenil se ha generado en las pequeñas o nuevas empresas-, y por otro lado, la participación juvenil en las estructuras sindicales es muy periférica y con muy poca presencia femenina.
Esos vínculos entre gente joven y sindicalismo son importantes, más todavía si se comparan con otras organizaciones sociales o partidos políticos. Sin embargo, son limitados en dos sentidos: Primero respecto de los fines declarados por los sindicatos: representar y defender al conjunto de las clases trabajadoras, e intermediar o negociar con empresarios e instituciones. Segundo, en relación con los objetivos de contrarrestar las fuertes tendencias desfavorables para el sindicalismo en cuanto a su capacidad de mejora de las relaciones laborales, y el avance en la renovación, consolidación y ampliación de sus bases.
Entre la gente joven que acaba de aterrizar en el mundo laboral, o lleva ya una trayectoria de varios años, se da en términos generales un distanciamiento, una actitud de cierta indiferencia, una débil vinculación con los sindicatos. Y por otro lado, un cierto reconocimiento de su acción representativa y mediadora. Los sindicatos, por una parte, tienen un arraigo muy bajo en estos sectores jóvenes y la defensa de los intereses de la gente joven ocupa un lugar secundario en la mayoría de las políticas prácticas sindicales. Y por otra parte, las estructuras sindicales realizan una acción de representación, asesoramiento y apoyo sobre algunos problemas importantes para la juventud trabajadora y conservan cierta credibilidad para su acción sindical.
Entre los factores externos que están condicionando este relativo distanciamiento se puede destacar la precariedad y fragmentación de las clases trabajadoras; pero también es fundamental los componentes internos del sindicalismo. Así, una de las causas de la debilidad de los vínculos con la gente joven y precaria –una parte significativa inmigrante- son las insuficiencias de la acción sindical: el fraccionamiento de la acción sindical; la inadecuación cultural y organizativa; una influencia cada vez más débil, sin resultados tangibles para la gente precaria; la posición defensiva de ‘mantenimiento’ de condiciones y derechos de los núcleos más sindicalizados en contraste con la falta de energía en el avance de mejoras de los sectores más precarios y menos sindicalizados; y la inercia y envejecimiento de la mayoría de las estructuras sindicales.
Todo ello puede producir un lento declive del sindicalismo, no tanto en su número de representantes en las empresas, sino en cuanto a su fuerza para conseguir mejoras sociolaborales considerables (sobre todo en los sectores que las necesitan urgentemente) y en su capacidad para articular unas amplias bases sociales, ser cauce de cohesión social. Este declive puede llegar a afectar a la estabilidad y reconocimiento de las estructuras sindicales, sobre todo a sus elites más institucionalizadas.
En mi opinión la apuesta puede pasar por el fortalecimiento del sindicalismo y la renovación a fondo de sus tres identidades fundamentales: su capacidad reivindicativa; su arraigo y papel entre las clases trabajadoras (en las viejas pero sobre todo con las nuevas) y su vinculación con la sociedad. Seria necesario también un cambio cultural, simbólico, comunicativo para ampliar la relación de la gente joven y precaria con el sindicalismo. Las condiciones y calidad de vida de muchas personas, ahora y sobre todo en el futuro, están en juego.
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