Generalísimo invicto

Generalísimo invicto

Milagros Rubio

(12 – 01 – 2000)

 

            Eso decía una de las dos esquelas que, recordando a Franco, figuraban a fecha 20 de noviembre en el periódico navarro de mayor tirada. Franco, como se sabe, fue –haciendo un esfuerzo por hablar de este asunto racional y no apasionadamente- un militar que se sublevó contra el régimen constitucional republicano legalmente establecido, que provocó una sangrienta guerra fratricida de tres años de duración, que desató la “caza del rojo” en la posguerra, que ordenó numerosas ejecuciones sumarias, cárcel , exilio y otros sufrimientos para las personas no adictas al régimen durante las largas décadas de su férrea dictadura, que provocó un atraso cultural, social, económico, político y humano en el Estado Español cuyas secuelas todavía se perciben hoy en algunos ámbitos. Esta descripción de Francisco Franco, insisto, es neutral, un simple vistazo a su vida desde aquel fatídico 18 de juio de 1936 hasta aquel 20 de noviembre de 1975. Sin embargo, ha sido muy difícil escuchar ni leer algo parecido en las múltiples evocaciones del veinticinco aniversario de su muerte aparecidas en los medios de comunicación del Estado Español. Significativo es, incluso, que periódicos que tanta importancia conceden en ocasiones a palabras más o menos acertadas de algunos políticos nacionalistas, no excluyan de su propaganda comercial esquelas como la aludida que, supongo, no son de su gusto.

 

            Franco murió invicto, en efecto, y dejó programada su sucesión en clave de monarquía. De haber vivido más años, quién sabe si, al igual que Pinochet, no hubiera acabado aceptando un cargo vitalicio cediendo los espacios políticos a nuevas formas de gobierno más acordes con lo aceptado como legítimo por el resto del mundo occidental. Pero, en todo caso, la cuestión no está en si Franco hubiera hecho esto o aquello. Eso es jugar a adivinanzas. La cuestión es reconocer que las consecuencias de cuanto sembró, siguen cosechándose en algunas materias. Y que, en contra de lo que se diga, no siempre es mejor sembrar sin más sobre lo cosechado. A veces es mejor desechar incluso una mala cosecha, remover bien la tierra, orearla convenientemente, respetar la naturaleza en su diversidad, abonarla con buen fermento libre de productos contaminantes, y enriquecerla con semillas de elegida calidad que permitan ir viendo con satisfacción, como brotan nuevos y sanos frutos. Pero no sólo no se oreó la tierra, sino que aún no se permite su ventilación. No olvidemos que el partido del gobierno español, y por ende su socio navarro, todavía no han condenado el régimen franquista.

 

            Aquella vieja discusión entre reformistas y rupturistas conocida y en ocasiones protagonizada por muchas de las personas que brincamos de los cuarenta, no era un debate entre pragmáticos y románticos, sino entre quienes apostaban por la prisa –en el mejor de los casos- o entre quienes optábamos por dar pasos que fueran asentando el camino en nuevas formas y valores. Que el franquismo moría con Franco era evidente. El régimen estaba desgastado dentro y fuera de sus fronteras. La cuestión no era pues transitar o no hacia una democracia. La cuestión era cómo hacerlo.

 

            Aceptar unas primeras elecciones con partidos democráticos todavía ilegales, reinstaurar un régimen sucesorio monárquico sin referéndum alguno, consensuar una Constitución que niega el derecho de autodeterminación de los pueblos y a la que, para que satisfaciera al ejército franquista, se le da el dudosamente democrático protagonismo de vigía de la unidad de la patria una e indivisible, no modificar sustancialmente las estructuras militares ni policiales, no juzgar por los graves delitos cometidos ni a uno sólo de los responsables de aquella terrible etapa histórica, fueron algunas de las concesiones hechas al régimen anterior. Con esto digo tan sólo lo que digo. No pretenda nadie leer entre líneas que, debido a tales cuestiones, niego los cambios habidos.

 

            Creo que es evidente que al día de hoy, con todos sus déficits, el Estado Español constituye una más de las democracias europeas. Pero también creo que buena parte de los atrasos, que algunos de los lastres que arrastra, tienen que ver con aquella forma, a mi juicio negativa, de ceder al miedo a que los sectores más ultras no vieran con buenos ojos el cambio político que se avecinaba. No acepto la aseveración de que no era posible hacerlo de otra manera. No se intentó cuando el momento era más favorable y es imposible saber lo que hubiera sucedido. Incluso tengo mis dudas de si en realidad no pesaba tanto o más que el miedo a la reacción de los ultras, el temor a que las ansias de libertad y de una profunda democracia por parte de extensos sectores populares, no conllevaría algo más que el cambio de régimen dificultando la viabilidad de un mercado libre que no había podido expandirse en toda su extensión con el autárquico régimen franquista. A pesar de que me encuentro entre quienes hubiéramos deseado y deseamos una sociedad en la que el capital no sea el dueño determinante de las relaciones humanas y políticas, ambos miedos, tanto el que se refiere a la reacción de los ultras como el que temía cambios anticapitalistas, carecían de rigor a medio plazo. No había condiciones para que triunfara ninguna de las dos opciones. Por lo tanto considero que fue un error que los partidos democráticos mayoritarios aceptaran el modelo de transición por el que apostaron, con toda lógica, los sectores procedentes del régimen franquista que optaron por un cambio de régimen.

 

            De todos es sabido que al Partido Popular le votan electores de la derecha democrática y también de la derecha no democrática nostálgica del anterior régimen. ¿No será una influencia de estos últimos y un peso de algunas de las ideas no sojuzgadas antes mencionadas las que soportan el actual peso de los sectores más derechistas y centralistas del gobierno central al día de hoy?. Cierto que su ofensiva se apoya en un escenario político facilitado por los injustificables atentados de ETA. Cierto también, es preciso señalarlo, que la posición del gobierno español no justifica respuestas armadas, pero al igual que es a quien la ejerce a quien hay que achacarle la responsabilidad de su actividad armada a pesar del inmovilismo del gobierno central, es a dicho gobierno – y al partido que lo sustenta- a quien hay que adjudicarle la responsabilidad de no condenar el franquismo veinticinco años después de su finalización, de intentar sembrar de nuevo graves fracturas sociales por cuestiones de identidad nacional y de igualar inmoralmente nacionalismo vasco y violencia.