Prejuicios sobre Latinoamérica

Prejuicios sobre Latinoamérica

José Ignacio Lacasta-Zabalza*

 

            Hace poco Xavi Larrañaga criticaba desde su columna, con agudeza, el tópico que se esconde tras la denominación de empresas españolas en América latina. Porque haberlas las hay y, se debe añadir, que de todas las clases. Desde las que dan trabajo y son bien vistas por la población hasta la Telefónica, odiada –no es una exageración- en numerosos países que van desde el cono sur al Perú. Nunca se me olvidarán aquellas pintadas de Cartagena de Indias que rezaban:  españoles asesinos. Estaban dirigidas contra la industria eléctrica española que cortaba la luz cada dos por tres con graves daños para toda la ciudadanía  cartagenera.

           

            El Gobierno del PSOE haría bien en saber lo que piensan las sociedades civiles de esos países latinoamericanos de las inversiones españolas. Porque no basta la afirmación de Rodríguez Zapatero en la última y sonada Cumbre Iberoamericana sobre la voluntad de quedarse (“para quedarse”, dijo) de las citadas empresas. Donde no valen los lugares comunes que -en esto tiene razón Larrañaga- generalicen, como si constituyeran una sola y patriótica fábrica, las variadas actuaciones del capital español en Latinoamérica.

 

            No parece desmesurado sostener que, en no pocos países latinoamericanos, la imagen que España tiene hoy allí es doble: por un lado, la del apoyo a nobles y necesarias iniciativas económicas (educación o sanidad, por poner dos ejemplos bien concretos) y, por otro, la de la descarnada explotación de las materias primas (energías diversas), la discutida acción crediticia de los principales bancos o el control de los medios fundamentales para subsistir (agua y electricidad).

 

            Pero donde los clichés se apoderan hoy completamente de lo que se dice y escribe, a través de los medios de comunicación españoles,  es sobre todo en lo tocante a Chávez y Venezuela. Los periódicos de la derecha ya han encontrado su Satán primordial en el militar venezolano, pero diarios como El País también actúan del mismo o parecido modo. Y ninguno de ellos ha explicado con claridad todavía si hubo o no implicaciones españolas en el golpe de Estado contra Chávez; ni eso, ni la salutación entusiasta de Urdaci desde su entonces púlpito de la TVE a esa tentativa  facciosa del año 2002 que, feliz y finalmente, fracasó.

 

            No me agradan los modos de Chávez ni su retórica, bien lejos de las mínimas pautas de racionalidad que han de regir toda acción política. Pero los hay en Europa que se agarran como lapas a la denuncia de esas formas para ocultar acciones tan innobles como las de simpatizar con un golpe de Estado en Venezuela dirigido, no hay que olvidarlo, contra un poder político surgido del legítimo ejercicio del sufragio universal.

 

            Es bien sabido que Mario Vargas Llosa es un fenomenal escritor. Incluso tiene virtudes ideológicas como su denuncia del fascismo y del franquismo, lo que puede leerse en su genial La Fiesta del Chivo. Inteligente como es, sabe que en España no se puede ser demócrata sin previamente rechazar el franquismo (cosa de la que no se han enterado muchos de los que aseguran seguirle).

 

            Aunque Vargas Llosa se transfigura en otro ser si se habla de la justicia social. En esta materia, ha hecho de Adam Smith y su mano invisible, del mercado mundial y su proceder, una especie de Biblia que dirige todos sus pensamientos sociales. No quiere darse cuenta de algo bien sencillo: que Keynes es muy posterior en el tiempo a Adam Smith y que el Estado social es lo moderno frente a la antigualla del capitalismo sin límites ni fronteras que hoy padece nuestro planeta.

 

            No son tan diferentes las visiones de Vargas Llosa –que me perdone- y las de Karl Marx. Ambos comparten la misma animadversión hacia el Estado y la misma boca abierta ante la fuerza del capitalismo internacional. Sólo que Marx formulaba sus ideas en el siglo XIX y… estamos ya en el siglo XXI.

Vargas Llosa ha aplaudido a Juan Carlos I en su ya célebre acción en la Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile (El País, 18.11.07). No le importa su regia grosería al levantarse e irse en plena intervención de Ortega, el presidente nicaragüense. Y no lo tiene en cuenta porque a éste le desprecia, cual españolísimo señorito, al mofarse el novelista de la alopecia e incipiente barriga del dirigente sandinista (“calvicie acelerada y una panza capitalista”).

 

            Para Vargas Llosa en Latinoamérica hay un Tercer Mundo encarnado por Chávez, Ortega y Evo Morales. Destaca la falta de educación –que lo es- de Chávez por interrumpir a quienes estaban –Rodríguez Zapatero- en el uso de palabra. Pero el escritor peruano se concede a sí mismo el empleo del insulto y del desprecio hacia esos dirigentes. Y El País se permite ilustrar el artículo de Vargas Llosa con el dibujo de un Juan Carlos I vestido de torero y llevado a hombros por un paisano que luce en su camiseta el maleducado ¿Por qué no te callas? Vamos, todo un despropósito y una seria falta de elemental decoro. Y, a lo que estamos, toda una exhibición de prejuicios sobre Latinoamérica.

 

            Recientemente ha tenido lugar un referéndum en Venezuela del que han salido derrotadas las propuestas de Chávez. No pocos medios españoles han atribuido el resultado a una victoria de la oposición política. Se equivocan, porque el rechazo social ha provenido incluso de sectores afines al chavismo como el del general Baduel, cuyo papel fue decisivo para derrotar el golpe del 2002.

 

            Se pueden hacer muchas críticas al planteamiento de la reforma propuesta por Chávez. Por todas, y las suscribo en su mayoría, las expuestas en Internet el pasado día 3 por los profesores de Derecho Constitucional de la Universidad de Valencia, Roberto Viciano y Rubén Martínez Dalmau. Pero tiene triste gracia que desde aquí se reproche a Chávez su fracasada reforma por querer ser reelegido (el artículo 230 proponía escuetamente  un mandato de siete años y la posibilidad de reelección). Se podía matizar la redacción, desde luego y dejar claro que no se proponía el mando vitalicio. Pero téngase presente que el rey de España no solamente no es elegido por nadie, sino que transmite a su heredero familiar la Jefatura del Estado. Como si el Estado fuera una finca. Piénsese igualmente que Felipe González estuvo tres mandatos en el poder (y se presentó a una cuarta reelección). Que Jordi Pujol duró gobernando unos veinte años y Chávez (el andaluz) otros dieciocho.

 

            Chávez el venezolano ha aceptado los resultados adversos. Ironía costeña aparte (“victoria chiquitica”) y fuera de sus consabidos excesos verbales, estuvo mucho más elegante que quienes ya se habían aprestado a hablar de fraude electoral. Ahora le falta resolver los verdaderos problemas venezolanos: la inseguridad, el crimen y el delito, la corrupción, la inflación, el desempleo, etcétera.  Ojalá sea así y que cesen pronto los prejuicios y las falsas polémicas.

 

*Catedrático de Filosofía del Derecho.