DE BRAZOS CRUZADOS
Amenaza ETA en su último comunicado a los militantes socialistas argumentando que no va a quedarse de brazos cruzados ante torturas, ilegalizaciones y encarcelamientos. Para no quedarse de brazos cruzados, ¿no tienen más ideas que planificar y ejecutar amenazas y asesinatos, ejecuciones sumarias sin juicio ni defensa? Esa es la realidad de quien hace del militarismo su único lenguaje y su única actividad.
El asesinato de Isaías nos sobrecogió. ETA asesinó a Isaías por estar ante una víspera electoral, y por ser Isaías otro yo, otra identidad, otra visión del país. La banda armada, durante la tregua debió intentar negociar fallidamente con el Estado su visión sobre Navarra o la autodeterminación, pero en contra de lo que UPN y PP mintieron y vendieron, ETA no logró un precio político. En su fracaso, en lugar de escuchar la clamorosa opinión popular, en lugar de percibir el hartazo de extorsiones y asesinatos, en lugar de enterarse de que somos multitudes quienes no queremos ninguna contrapartida política a base de sangre y amenazas, ETA irrumpió con su particular campaña electoral para solucionar “el” conflicto, volviendo a provocar dolor en una desesperada huída hacia delante. Y en esa huída, ETA, una vez más, eligió a sus víctimas entre los otros, y entre ellos los blancos más fáciles, los desprotegidos. La vida de este padre, de este hombre joven, de este trabajador, de este ex-concejal, fue sesgada por ser y vivirse diferente a quienes lo mataron, y suponer una diana factible unos días antes del recuento electoral.
Ante una situación tan dramática, el juicio crítico desde las filas vasquistas es una aportación precisa. Es necesaria la autocrítica de una buena parte de las izquierdas y desde el nacionalismo vasco. No pueden quedarse de brazos cruzados. No comparto la negativa de PNV y Aralar, y la de
En la primera década de la democracia, quienes nos enmarcábamos en las corrientes de izquierda consideradas revolucionarias, titubeamos a la hora de condenar públicamente los atentados de ETA que entonces apuntaba selectivamente contra las fuerzas armadas y políticos de alto rango. Aquello también eran asesinatos que nos producían repulsa, y quienes éramos pacifistas nos revolvíamos contra ellos, pero nuestras condenas quedaban en debates y publicaciones internas con la consiguiente ofensa a sus víctimas hasta aquel momento. En el fondo de esa actitud había cierta huella de un reconocimiento al papel de ETA en el franquismo, y una visión distorsionada del papel de la lucha armada en los procesos revolucionarios y de sus logros. No obstante, en aquella distorsionada concepción del papel supuestamente revolucionario de la lucha armada, se pensaba en ésta con unas características en nada parecidas a las de los atentados de ETA. Cuando hace décadas escuchábamos que Sendero Luminoso asesinaba campesinos y concejales de izquierda, nos estremecíamos y no podíamos imaginar la deriva de ETA. El teórico aporte revolucionario de la lucha armada, era para momentos extremos, para cambiar estructuras de poder a favor de los desposeídos, rodeada de un cierto halo de dignidad y solidaridad con los desarrapados del mundo. Se suponía frente a tiranías dictatoriales. Era una lucha armada que emulaba la de las insurrecciones revolucionarias, la de los primeros soviets, la de los sandinistas, la del Ché, la de las guerrillas latinoamericanas. Esa aureola de grandeza desfiguraba el papel real de esas actividades militares, impidiendo una reflexión crítica sobre sus consecuencias, sobre los sufrimientos y derivas militaristas que podía provocar, pero aún así, no se parecían en nada a los objetivos, extorsiones, crímenes, secuestros, amenazas, tiros en la nuca y coches-bomba con que actúa ETA.
Eran diversas las causas que esgrimíamos para no secundar mociones de condena. Existía cierto recelo a no ser considerados como parte de la izquierda rupturista. Otras razones se referían a que otros partidos no condenaban a los GAL o a los guerrilleros de Cristo Rey o al propio franquismo. También se argüía la utilización política que podían hacer de nuestra condena pública, o a la existencia de la tortura. No se tenía en cuenta que el hecho de que existan violencias no condenadas por otros, no exime de responsabilidad respecto a la propia actitud frente a cualquier tipo de violencia. Una izquierda que sea tal, puede y debe condenar en democracia toda tropelía, sean asesinatos de mujeres, atentados de ETA, accidentes laborales, muertes de inmigrantes, torturas, dictaduras o guerras. Si otros no lo hacen, habrá que denunciarlo, pero no caer en el mismo error. Hoy, quien calla ante el dolor provocado por ETA, no puede hacerlo en nombre de la izquierda.
En cuanto al nacionalismo vasco, una de las cuestiones que late en su actitud ya desde aquella misma época anteriormente referida, estaba en que, en realidad, consideraba a ETA como un ejército de gudaris, para unos equivocado y para otros acertado, pero formado por hijos del pueblo en riesgo, en el fondo dispuestos a salvarlo. Puede que incluso en el nacionalismo democrático todavía haya quienes no hayan roto del todo con esa visión. Por eso, a veces parecen no trazar con claridad vías diferenciadas entre sus reivindicaciones y el final de ETA. Y digo parecen, sin asegurar que así sea, pero en este caso, es obligado eso de que además de ser honrado hay que parecerlo. Para salir de toda duda, para poder afirmar que el nacionalismo vasco desecha con toda rotundidad obtener cualquier provecho de la lucha armada de ETA, además de decirlo explícitamente, a mi juicio, el nacionalismo vasco tiene que diferenciar con nitidez el final de la banda armada respecto a los problemas de autogobierno. Sin apoyarse en victimismos sin base en un nacionalismo que lleva gobernando tres décadas una de las zonas más ricas de Europa.
La posición de Urkullu parece abrir la puerta a la esperanza de un cambio de actitud, pero la esperanza sería aún mayor si incluyese la autocrítica, a pesar de las dificultades internas, e incluso la renuncia explícita a ciertas confrontaciones, al menos mientras actúe ETA. No se trata de renunciar a lo que cada cual es. Todo proyecto político, coincidente u opuesto con cualquier otro, es legítimo y defendible en democracia. En su defensa u oposición, nos encontraremos. Ahora bien, no es de recibo con ETA asesinando, poner a día de hoy fecha a determinadas consultas sin acuerdo con el Estado, presentar como dramáticas situaciones que no lo son, y transmitir la idea de que en
Es claro el papel positivo del nacionalismo vasco como contrapeso al nacionalismo español homogeneizador, pero los nacionalismos en democracia no pueden jugar con las mismas bazas que los nacionalismos anticolonizadores o de liberación. En Navarra y en
En Navarra la situación es diferente; el navarrismo gobernante ningunea a menudo a la representación social y política del aproximadamente un cuarto de electores navarros que votan por opciones vasquistas; sus sindicatos están fuera de las mesas y repartos sindicales; el gobierno navarro ve una especie de amenaza en el euskera, cuando debiera recibir el máximo apoyo de nacionalistas y no nacionalistas por el mero hecho cultural de tratarse de una lengua propia y del idioma vivo más antiguo de la península; asimismo, el gobierno navarro no tuvo ningún empacho hace un año en quebrar la sociedad Navarra en dos mintiendo acerca de los riesgos para su propia identidad en la negociación del Gobierno Español con ETA; el Amejoramiento Foral Navarro no ha sido refrendado por la población; los símbolos del vasquismo navarro no encuentran encaje legal. Buena parte de las posiciones navarristas de UPN-PP se sustentan en un antivasquismo visceral. Pero ninguna de estas cuestiones justifican posiciones victimistas. Simplemente indica que queda trabajo por hacer. Y que en Navarra es imprescindible un acercamiento entre las izquierdas sea cual sea su alma identitaria, y un pacto de convivencia entre estas izquierdas y la derecha Navarra más dialogante. Para hacerlo posible, el acercamiento y movimiento de posiciones e ideario tendría que ser mutuo, con disposición sincera de aproximación, con respeto y reconocimiento mutuos, con libertad y portavocías netamente navarras, sin interferencias. Para llevar adelante un pacto de esta índole, es imprescindible apostar por él desde una honesta posición de defensa del pluralismo y desde la búsqueda constante del denominador común entre los diferentes, con atención al acomodo de las diferencias, para que el enriquecimiento del mestizaje sea superior al conflicto. Todo ello sería más factible sin ETA y desde un lenguaje sin contaminar, donde el conflicto interidentitario se enmarque en la convivencia entre seres humanos con muchos otros conflictos por resolver: laborales, sociales, medioambientales, generacionales, de formas de vida, de interculturalidad, de género…
ETA amplía cada vez más el abanico de sus blancos. No sabemos aún hasta dónde será capaz de llegar en el caso de no decidir pronto su disolución, porque el grupo militar que se prolonga durante tanto tiempo puede llegar a ser cada vez más peligroso y retroalimentar lo peor de su militarismo. Pero ya a día de hoy produce un dolor insoportable entre “los otros”. Son estos “otros” las víctimas: los extorsionados, los asesinados, las miles de personas que han tenido que abandonar Euskadi, los cargos públicos que han de llevar escolta. ETA, además, sirve de justificación de una creciente militarización de la sociedad civil, y debilita cualquier movimiento popular en el que interfiere. También hace mucho daño a los objetivos vasquistas y al propio nacionalismo que se ven contaminados en este proceso. ETA no tiene justificación ni razón de ser ética ni política. Su final es urgente e imprescindible. Sin embargo, nada apunta en esa dirección en este momento. Ahora bien, a pesar de la necesidad de que la izquierda abertzale se distancie de ETA y condene sus atentados, el encarcelamiento e ilegalización del MLNV no parece una vía adecuada en la búsqueda de las muy difíciles soluciones. No todo vale contra ETA. No valen las torturas ni sembrar odio. La tentación de atajar el camino para combatir a ETA desde el visceralismo, aparte de que puede darle argumentos y de ser poco democrática, dejaría un reguero de heridas sin cerrar para los tiempos venideros. Bastantes heridas está dejando ya la propia ETA. Las generaciones futuras merecen un esfuerzo en el que no perduren el rencor y la frustración. La salida es harto difícil si ETA no quiere encontrarla, pero será preciso buscar una y otra vez su final sin venganzas, sin olvidar la reparación de ninguna víctima.
Mientras ese final no llegue, la consternación y la rabia no deben cerrar el paso a la serenidad ni abrirlo al insulto. Pero tampoco la serenidad implica pasividad y sumisión.
Hoy más que nunca son indeseables las ambigüedades. Es precisa la autocrítica, la condena clara y la apuesta firme por colocarse junto a las víctimas y arropar su dolor con nuestro calor y nuestro compromiso. Aquí y ahora, es imprescindible condenar la tropelía de quitar la vida a alguien por ser distinto a su verdugo. Frente a las atrocidades de ETA hay que salir del armario e interiorizar esa reflexión de Ghandi de que la paz no es sólo un objetivo, sino también el camino.
Fdo: Milagros Rubio, 15.778.159 , tfono 638 136 540
Miembro de Batzarre y concejala de NABAI en el Ayuntamiento de Tudela, 02-04-08