¿Mujer o mujeres?

 

 

“Cuando estéis casadas, pondréis en la tarjeta vuestro nombre propio, vuestro primer apellido y después la partícula “de”, seguida del apellido de vuestro marido. Así: Carmen García de Marín. En España se dice señora de Durán o de Peláez. Esta fórmula es agradable, puesto que no perdemos la personalidad, sino que somos Carmen García, que pertenecemos al señor Marín, o sea, Carmen García de Marín.

(Sección Femenina, Economía doméstica, para Bachillerato, Comercio y Magisterio, 1968)

 

Otro 8 de Marzo, día de las Mujeres, y encuentro entre otros papeles éste de la Sección Femenina. Era de mi madre. Y me pregunto ¿cualquier tiempo pasado siempre fue mejor?

 

Repasando este fragmento de texto, es posible que podamos leer entre líneas la injusta y desigual situación en la que vivieron nuestras madres y abuelas. En los años en los que “la mujer” tenía un papel en la sociedad que podríamos describir tal que así; dedicadas al trabajo doméstico, a la atención y cuidado de los hijos y sus maridos, sin espacios en la esfera pública o política, dependientes de la figura masculina… ninguneadas en la sexualidad. Situaciones que sin duda causaron dolor y sufrimiento y unas relaciones de profunda desigualdad entre la mujer y el hombre y no olvidemos las sanciones o las etiquetas con las que se acusaba a las mujeres que se atrevían a romper estas “normas”.

 

A final del franquismo, comenzó a adquirir fuerza el movimiento feminista, un movimiento reivindicativo que hizo visible estas y otras injusticias sociales, un movimiento con fuerza que movilizo a un gran número de mujeres a las que les unían unos rasgos comunes, una identidad fuerte y una causa común, “la lucha por la igualdad”. Es cierto que consiguieron logros importantísimos para “la mujer”, que permitieron abrir las puertas a los deseos de libertad, que iniciaron reflexiones sobre las tradiciones, los estereotipos sociales y los valores morales, políticos y religiosos que dominaban las mentalidades sociales y las conductas individuales.

 

Y gracias a todo ello hoy podemos decir que este cuadro ha entrado en crisis y los logros de aquel entonces, la lucha por la igualdad de derechos, el derecho al divorcio y al aborto, la despenalización y acceso al uso de anticonceptivos…, la incorporación plena de la mujer a la sociedad ha facilitado y mucho que hoy “las mujeres”  disfrutemos de otra realidad.

 

No obstante no podemos dormirnos en los laureles, nos queda un largo camino por recorrer y no sólo a las mujeres, también a los hombres y es que sólo si ambos remamos en la misma dirección podremos lograr una igualdad real para el conjunto de la sociedad. No podemos pretender que esta causa común, sea sólo una causa de mujeres o se convierta en una guerra de sexos.

 

Como tampoco podemos hablar en nombre de “la mujer” como si únicamente existiese una única forma de ser mujer, una identidad común a todas nosotras. Será más acertado aprender a mirar las diferentes sensibilidades y formas de ser mujer, porque no es lo mismo haber nacido mujer en Asia o en Europa, crecer en una barriada marginal o en un barrio de cualquier ciudad. Atender a las diferencias quizás nos pueda ayudar a no cometer los mismos errores y analizar de forma más certera las desigualdades sociales.

 

Desde un punto de vista joven y a pesar de los logros conseguidos hemos de evaluar hasta dónde hemos avanzado. Y así diferentes estudios nos alertan sobre ideas machistas que perduran entre la gente joven, un colectivo educado en la igualdad y que vive y disfruta de un catálogo de políticas destinadas a equiparar en derechos a hombres y mujeres, pero que no termina de rechazar los roles más tradicionales. Es preocupante leer afirmaciones tales como que “casi la mitad de los jóvenes españoles cree que una mujer que trabaja no puede tener la misma relación de calidez y estabilidad con sus hijos” o “un 36% de los jóvenes afirma que las mujeres quieren crear un hogar y criar hijos”.

 

Estos datos nos muestran la dificultad que supone crear nuevos modelos y vínculos  en nuestras relaciones interpersonales, dificultad que se eleva al cuadrado porque no existen espejos donde mirarnos y seguimos copiando los modelos que aprendemos, porque como decía mi abuela “de lo que se come se cría”.

 

Las formas de desigualdad son más moderadas, pero no podemos relajarnos y debemos apostar por fomentar actividades educativas en aras de una mayor igualdad, actividades que promuevan valores igualitarios, que construya personas autónomas y con capacidad de tomar decisiones que no estén marcadas por ser chico o chica sino por la libertad, el respeto o la responsabilidad individual. Sin olvidarnos de la importancia que tiene el reconocimiento de la diferencia que tanto nos enriquece a unos y a otras o desarrollar habilidades para resolver los conflictos de forma no violenta. Reconocer y manejar nuestros sentimientos para fomentar unas relaciones más igualitarias, solidarias y de cuidado mutuo entre hombre y mujeres.

 

Es indiscutible que el cambio empieza por mirarnos a nuestro propio ombligo y debemos reflexionar sobre la complejidad de este asunto y la responsabilidad social y política que tenemos entre manos para responder rotundamente que cualquier tiempo pasado no fue mejor, y que debemos seguir trabajando en este terreno que nos ocupa y nos preocupa.

 

Pamplona-Iruña 6 de Marzo de 2009

Batzarre Gaztea