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Volver a Estambul el 25 de noviembre

Tribuna de opinión por Patricia Abad, Olga Risueño e Íñigo Rudi (Portavocía de Batzarre)

Con cada mujer asesinada por la violencia sexista, acompañando a la tristeza, la indignación y la denuncia, revisamos una y otra vez qué ha fallado, los detalles, los antecedentes, el recorrido institucional de la víctima… Con cada 25 de noviembre la sociedad casi al completo muestra su rechazo, movilizándose, exigiendo más presupuesto, más prevención… Cuestiones que se repiten con cada asesinato y que cada vez más parecen un mantra que intenta ahuyentar eso que no podemos permitirnos como sociedad: la vulneración de los derechos humanos del 51% de la población.

Sabemos que debajo de todos los casos y las movilizaciones, debajo de la punta de ese iceberg que es la violencia contra las mujeres, está el océano de la desigualdad en lo más profundo de nuestra cultura, nuestras creencias, nuestros cuerpos y nuestras formas de vivir. Nuestras acciones parecen pequeñas ondas en el agua que apenas mueven ese océano. Aunque de vez en cuando se convierten en olas que barren una orilla o arrasan toda una costa. Los movimientos feministas a lo largo y ancho del mundo son esa fuerza imparable que siempre nos ha hecho avanzar más de lo que parecía posible.

Pero seguimos preguntándonos ¿cómo prevenir tantas formas de violencia contra las mujeres?, ¿cuánto tiempo más soportando la desigualdad? ¡Nos queremos vivas y libres!

El propio sistema ejerce múltiples formas de violencia contra las mujeres, no asignando los recursos necesarios reproduciendo desigualdades, revictimizando. A pesar de todo eso y sin ser suficiente, hay mucho acordado, escrito y de obligado cumplimiento que nos permitiría avanzar. Paradójicamente, todo eso que está acordado, escrito y es de obligado cumplimiento sigue sin ser una realidad efectiva. Ya el Convenio del Consejo de Europa sobre prevención y lucha contra la violencia contra las mujeres, más conocido como Convenio de Estambul, allá por 2011 nos lo decía alto y claro. Marcaba como objetivo prioritario tomar las medidas necesarias para promover cambios en los modos de comportamiento socioculturales de las mujeres y los hombres para erradicar los prejuicios, costumbres, tradiciones y cualquier otra práctica basada en la idea de la inferioridad de la mujer o en un papel estereotipado de las mujeres y los hombres. Podríamos preguntamos cómo hacer eso, pero el Convenio de Estambul nuevamente responde con algo sencillo y claro. Obliga a los estados miembros, por ejemplo, a incluir en todos los niveles de enseñanza material didáctico sobre la igualdad entre mujeres y hombres, los papeles no estereotipados de los géneros, el respeto mutuo, la solución no violenta de conflictos en las relaciones interpersonales, la violencia contra las mujeres por razones de género, y el derecho a la integridad personal. Casi nada… Deshacer la estructura construida desde la desigualdad y rehacerla de nuevo paso a paso.

Quizás sorprenda a muchas personas que hoy cuestionan programas educativos como Skolae o que han intentado convertir en papel mojado el Pacto de Estado contra la violencia, leer este texto de obligado cumplimiento. No podemos más que recomendar su lectura.

Sorprenderá quizás que en el Preámbulo de dicho Convenio se afirme de forma rotunda que “la violencia contra la mujer es una manifestación de desequilibrio histórico entre la mujer y el hombre que ha llevado a la dominación y a la discriminación de la mujer por el hombre, privando así a la mujer de su plena emancipación”; además de afirmar que “la naturaleza estructural de la violencia contra la mujer está basada en el género, y que la violencia contra la mujer es uno de los mecanismos sociales cruciales por los que se mantiene a las mujeres en una posición de subordinación con respecto a los hombres”.

Como se puede observar, lo que el PP Navarra y UPN al unísono tildaban estos días de “muestras de adoctrinamiento, imposición y mentira”, o “ideología sectaria de género”, está en la base de la normativa europea en materia de violencia contra las mujeres.

Probablemente a estas alturas tengamos ya algunas certezas. Sabemos cuál es el camino para erradicar la violencia contra las mujeres y tenemos instrumentos legislativos para conseguir avances. Nos falta, entre otras cosas, la voluntad política de muchos y los recursos presupuestarios necesarios. El año 2014 fue el de mayor recorte en los servicios de igualdad y contra la violencia de género, hasta que en la segunda mitad de 2018 se ha empezado a aplicar el (insuficiente) aumento del Pacto de Estado. Afortunadamente el Acuerdo programático para el Gobierno de Navarra hace suyos los planteamientos de Estambul, recuperando el Instituto Navarro para la Igualdad e intentando desarrollar las políticas transversales que son eje institucional en la lucha contra la desigualdad. Queda casi todo por hacer, pero es mucho ya lo andado, avanzando por un camino necesario y poco transitado en lo institucional: el de los cambios profundos y sustanciales en la estructura de la desigualdad.

No sabemos si será posible la revolución, pero sí que el cambio tendrá que ser feminista o no será.